A PECHO DESCUBIERTO

Es una de las zonas más hipersensibles y erógenas de mi cuerpo, y lo han sido desde mi temprano despetar sexual cuando aún era muy niño: ese par de botoncitos rosados que se excitan, se vuelven turgentes  y aumentan de tamaño con el más leve roce, con la simple fricción que producen el viento y la velocidad en mi camiseta de algodón cuando voy en bici.

Es algo que siempre me ha acomplejado y causado muchos quebraderos de cabeza porque como ya os he contado en repetidas ocasiones, soy un acérrimo admirador de todo lo relacionado con lo masculino.. me encanta practicar deporte, competir, la testosterona con la que el Alfa impregna su territorio. No me atrae lo refinado y relamido, ni tampoco me siento cómodo en locales y sitios de ese estilo; disfruto mil veces más de la compañía de mis colegas y amiga Marga en una botellona tumbados en el césped o sentados en un banco, que acudir regularmente a las discos y lugares del postureo.

Pero volvamos a mis nipples, a mis tetillas.. no es que por su tamaño o morfología difieran en nada de los de un chico de mi edad (quizá por ser de piel blanca, rubio y no tener vello corporal parezcan más rosados y sensibles que los del resto), sino más bien por lo extremadamente sensibles que son y lo rápido que se excitan ante cualquier estímulo. Cuando se lo confesé a Marga me dijo que podría deberse a  un desarreglo hormonal, que mi cuerpo podría producir más estrógenos de lo normal. ¿Producir yo estrógenos sin tener ovarios? me asusté y no tardé en acudir a mi médico de familia que tras una completa analítica, me dijo que no debía preocuparme porque mi índice de estrógenos era incluso inferior de la media. Le confesé que mi desarrollo físico y genital fué muy tardío respecto a mis compañeros de infancia (no se produjo hasta los 14 años), pero me volvió a tranquilizar diciéndome que eso no tenía nada que ver, que algunos chicos se desarrollan antes que otros.

Hace unos días, Julia, sin mala intención, reavivó mi inquietud diciéndome: “me impresionó lo tuyo. Nunca imaginé que un chico pudiese alcanzar un orgasmo pellizcándole y mordisqueándole los pezones. Me llamó mucho la atención, fue muy bonito.”

– ¿A ti no te pasa? ¿no te ha pasado nunca? le pregunté.

– A ver, me gusta y siento placer cuando me acarician los pechos y los pezones, pero muy al contrario de lo que muchos tíos creen, a nosotras no nos gusta que nos manoseen las tetas ni aprieten con fuerza, y menos aún los pezones. Lo tuyo me resulta muy curioso porque se sale de lo normal.

Tragué saliva y no supe qué responderle. Cuando oyes la temida e hiriente frase de “se sale de lo normal”, y cuando es una chica quien te lo dice (me sorprendió mi orgullo machista ofendido) reconozco que me rayó bastante. Cuando se lo comenté a mi actual Alfa que es médico y estudia un postgrado de psiquiatría, lo primero que me dijo fue que Julia es bastante “cabrona” (ese fue el término que empleó) y, después, me tranquilizó diciendo que el área de los pezones  resulta igual de placentera en los hombres, pero la manera de procesar el estimulo sexual por prejuicios, educación, por tenerlos cubiertos en mayor o menos cantidad de vello.. es lo que establece esa diferencia. O simplemente, que la mayoría de los hombres se niegan a admitirlo.

– ¿A ti te pasa?

– ¿El qué? ¿que si me gusta que me acaricien esa zona? hombre, si es una boquita como la tuya y alguien tan tierno como tú jajjajjajj… en serio, me da cierto gustito pero no me erotiza especialmente. Prefiero ser yo el que chupetee y mordisquee esa zona.

¿Donde ves el problema en tu caso? lo único que te pasa es que las células de tus areolas las tienes ultrasensibles, no hay nada

de raro ni extraño en ello. A mí me pone muchísimo que te pase eso. ¿Acaso ahora no eres mi pussyboy?

Lo doloroso y oscuro también tiene que ver con el placer y la satisfacción, sólo los que nos atrevemos a cruzar la puerta de la sumisión lo sabemos bien. No, de nada sirve que expliquemos nuestro estado a los demás porque no lo van a entender (quizá sea mejor y más sano que no lo comprendan). La realidad en la que vive un sumiso está inmersa en el subconsciente – es su realidad sexual – y el nudo, su principal nudo, es el deseo de servir al macho dominante. El encuentro entre el Alfa y su esclavo escapa del todo de la sexualidad animal que sólo existe para la reproducción. Al sumiso le puede el erotismo (la sola presencia de su macho dominante es suficiente para hacerle temblar de excitación), un erotismo que tampoco se cimienta en la pura sexualidad ni en su finalidad biológica reproductiva. Para nosotros los esclavos, el dolor, el dolor de desear tanto al hombre,es una de las pasiones más intensas, aunque nuestros cuerpos y nosotros mismos como sumisos – en la mayoría de los casos – no  representemos para el Alfa el único sentido que tenemos para ellos: el valor erótico de un objeto.Esto era lo que pensaba meses atrás, ahora es cierto que algo está cambiando.

Cada parte de mi cuerpo azotado, cada músculo o miembro que me dolía, se conviertía para mí en un órgano sexual que me une aún más al Alfa. Había una convulsión de la carne en mi entrega al macho, y cuando el grado de dolor excedía los límites de lo soportable me dejaba llevar por una especie de danza cuyo ritmo era el desfallecimiento. Mis zonas erógenas que son muchas a causa de la continua sobreexcitación de mis sentidos son fuentes inagotables de dolor y placer. Ahora estoy descubriendo que un Alfa puede ser igual de dominante y posesivo utilizando la mirada y su cerebro, las palabras y su respiración al igual que un buen pianista sabe producir diferentes melodías según la firmeza, ritmo, y delicadeza de sus dedos. Él  tiene el poder, un poder que también le erotiza porque aumenta su masculinidad al máximo. Me estoy conviertiendo en un objeto de su creación producto de la mayor y más hermosas de sus fecundaciones: su cerebro igual de excitante que su polla,  aunque su esperma sea el único que salga a la luz, la única leche que resbale por mi piel e inunde mi boca y entrañas.

No sabría, no podría separar el amor del erotismo, el erotismo del placer, y el placer de la entrega absoluta en lo sexual. Para mí es algo sagrado, un sacramento. Me estoy conviertiendo para él en alguien que representa una sexualidad más amplia, intensa y variada – él lo sabía, por eso vino a buscarme -, y por eso viaja conmigo hacia unos límites insospechados que antes de conocerme jamás pudo imaginar. Estando ahora con él puedo verbalizarlo, me ayuda a verbalizarlo. Y si me siento motivado, es porque ahora tengo motivos para estarlo.

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