RECUERDO ENCRIPTADO

El caballo es la belleza al desnudo, nació desnudo. Es la perfección de sus líneas y volúmenes lo que le hace parecer aún más desnudo, libre e indomable. Y fué el galope salvaje de un caballo quien despertó a Adán en la primera mañana del mundo con el trotar cadencioso de unos cascos sobre la hierba fresca y húmeda del paraíso. El sexo aún dormido del recién creado era como un niño que no sabía aún mentir ante el padre. No se puede mentir sobre lo que no se conoce y la forma del caballo contiene todo cuanto de divino le falta al ser humano. Aquel primer hombre quiso ser caballo – así se lo hubiese pedido yo al creador – antes de vencerle el sueño y la ignorancia. Un caballo dentro de mí se agita como el dibujo prehistórico de este animal en una gruta. Sólo cuando veo a otro caballo dibujado en el muro que con la luz trémola de una hoguera parece cobrar vida.. el mío revive y se inquieta. Pero tiene que ser un caballo alfa.

Es un lenguaje que sólo yo conozco. Tu piel junto a mi piel, sin signos ni alfabetos, eso es lenguaje.

Cuando era niño y vivíamos en África, mi padre nos trajo un caballo. Apenas se dejó domesticar pues con sólo agitar su salvaje cabellera nos recordaba a todos que su naturaleza rifeña era rebelde e indómita. Mi caballo no veía. Tal vez una furia incontrolada en su galope le hizo perder los ojos en las ramas profundas de la Gabba. Siempre alerta al menor rumor provocado por el viento en las hojas, al ululú de los chacales, a mis pasos y a mi manita temblorosa, mi caballo veía de alguna forma misteriosa.. veía fuera de sí lo que estaba dibujado dentro de sí, en esa gruta donde se crean y toman cuerpo y forma las palabras. Yo me relacioné de modo perfecto con mi caballo ciego. Me acuerdo de mí, niño, montado sobre su grupa o de pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su agreste crin salvaje. Me sentía como si algo mío nos mirase de lejos. Son las miradas de “los otros” las que, finalmente, dan realidad a nuestros actos y emociones como las fotos que nos hizo mi madre con su polaroid. Así: “el niño y el caballo. Norte de África”.

Algunas noches era como un asombro en la oscuridad, un relincho de súbita cólera nos advertía. Me despertaba sobresaltado de la cama y me asomaba por la ventana que daba al cobertizo. Podía ver el aliento azul que salía de los ollares trémulos de mi caballo en esas madrugadas frías del Magreb. Me hubiese gustado nacer caballo porque más fácilmente hubiese encontrado lo que tanto necesitaba. Por los signos y por la pureza de las formas. Me hubiese gustado haber conocido a Marcus y corretear ambos en pos de mi caballo salvaje por la vastedad de la pampa argentina… Marcus sabe de animales, de tormentas y  lluvias. Otra vez hablo de lenguaje que sólo mi dedo escribe sobre tu piel con signos de escalofrío.

Mi caballo se volvió agresivo y violento con todos excepto conmigo. Mi caballo ciego asumió su vida y su arco de lluvia bajo ese sol africano. Un día desapareció. Agradezco a mis padres que no me mintieran con falsas excusas y cuentos estúpidos. Al igual que yo estaba llamado al sacrificio. Yo sabía que mi caballo era “peligroso” pero igualmente supe desde entonces que todo ser humano, al igual que un equino, es salvaje y arisco cuando manos inseguras le tocan.