EL NIDO

Mis primeros cinco años de vida los pasé en una hermosa capital del norte de África, con el grandioso zoco al fondo, y a escasos kilómetros… los restos arqueológicos de una importante ciudad del imperio de Roma . En el aire y en la tierra,  podía percibirse con claridad el poder imantado de las piedras en los senderos, los barrancos y las higueras silvestres. Cuando empezaba a leer y a escribir en la que se suponía que iba a ser mi lengua materna (no hubo consenso familiar en eso ni en muchas otras cosas) ingresé en el único colegio internacional de la ciudad; pero mi padre pensó que era buena idea que dos días por semana acudiese a una Madrasa. Aunque la enseñanza que se impartía abarcaba varias materias, “el hafiz” o memorización de los versículos coránicos, se consideraba una parte fundamental en el aprendizaje de la lengua y escritura del árabe. Cambiar de sentido y orientación los renglones de la nueva caligrafía no me supuso demasiado esfuerzo, al fin y al cabo, las madres hacía lo mismo al tender la ropa al sol en patios y azoteas y las sombras de las hojas de los árboles dejaban su impronta en la blancura de las sábanas. Pero a la hora de hablar y expresarme tropecé con un verdadero galimatías: Mis padres me hablaban en sus respectivos idiomas, mi hermano que ya dominaba tres, incluía numerosas frases y palabras en árabe dentro de sus conversaciones, y como remate a esta “babel linguística”… Agiá, uno de los pocos supervientes de las familias judías que se establecieron en el norte de África tras la expulsión de la Península por orden de los Reyes Católicos, sólo se expresaba en haketía, ” a la manera  hebrea” como lo llamaba mi madre. A todo esto hay que señalar que el árabe que empezaba a aprender en la madraza, poco o casi en nada, se parecía a los dialectos que usaban los lugareños en la gran explanada del zoco bajo las frondas de los naranjos y eucaliptos..

Decidí crear un lenguaje propio y orgánico. Fuí ajustando mis infantiles cuerdas vocales a un conjunto de sonidos guturales y  onomatopéyicos, palabras de mi invención, que quien me oyese bien pudiera pensar que yo era “el niño salvaje” encontrado en las montañas de Yebala. Hablaba poco, más bien nada. Y cuando lo intentaba no había quien pudiese descifrar lo que decía. En verdad, sólo Silasila , el perro guardián de mi casa parecía entenderme a la perfección, no en vano practiqué con él infinidad de horas. Cuando el resto de mi familia le daba alguna orden, el animal me miraba con sus luminosos ojos negros como esperando la traducción a nuestro código secreto.  Recuerdo que Ahuilah!  significaba “alerta, alguien se acerca” y entre ladridos se abalanzaba contra la gran verja de la puerta de entrada  para detener al intruso.

Con los números , sin embargo, no encontré dificultad alguna, me apasionaron desde el primer momento que entré en contacto con ellos. Les doté de vida propia: podía tocarlos, nombrarlos, tenían carácter y personalidad diferentes y se me escurrían como el agua entre los dedos. Me bastaba una tiza en la mano para cubrir con sus gráficos desde las patas de una mesa o una cómoda, hasta cualquier superficie horizontal o vertical que encontrase a mi paso. El poder y liderazgo del uno, la fiereza y valentía del siete, las bromas del cuatro, y la inteligencia del nueve, me servían para crear batallas entre legiones de uno y otro bando e interminbles diálogos que me absorvían por completo. Con esto no quiero decir que se me diesen bien las matemáticas, al contrario, lo que hice fué personalizarlos y dotarlos de una realidad palpable. Venir a mí – al Javi de entonces – con el cuento de “te voy a poner un problema a ver si sabes la solución: en una cesta hay diez panes a repartir entre cinco o le quitamos ocho ¿cúantos quedan?” me dejaba absolutamente indiferente. Creo que en una ocasión llegué incluso a decir: ¿Y dónde está el problema? mi reacción habría sido muy diferente si me hubiesen dicho que una familia sin nada qué comer encuentran una cesta con panes y unos bandidos le asaltan y roban, etc etc.. seguro que los números hubiesen venido a mi auxilio y resuelto el asunto con justicia.

Con estos preliminares, es de suponer que mi relación con los profesores y compañeros de la madrasa no fué nunca fácil ni cómoda. Algunos de aquellos niños que para asistir a clase tenían que recorrer a diario varios kilómetros desde sus poblados y aldeas,- muchos de ellos descalzos y sin que el uniforme de la escuela lograse disimular apenas la extrema miseria en la que vivían –  me observaban entre perplejos y curiosos. Algunos olían a humo de leña,  tierra y adobe, a esa impregnación que dejan por contacto las glándulas animales. Las niñas, en cambio, – sólo eran cuatro o cinco- desprendían un aroma bien distinto: sus madres lustraban sus cabellos con henna y un ungüento casero donde se podía distinguir claramente la fragancia de los cítricos junto al clavo de olor y la canela. En primavera, los que venían campo a través desde sus aldeas, traían desde la cintura a los pies una fina capa de pólen adherida a sus ropas, cuadernos y manos. Una nube de polvo amarillo quedaba suspendida en el aire sobre nuestras cabecitas, al tiempo que entre estornudos y abnegado respeto, recitábamos versículos del Corán.

El profesor de árabeque también se empeñaba en dar matemáticas no sabía qué hacer conmigo. Entre que nunca consiguió arrancarme una sola palabra, y que por mi parte cerraba los ojos y agachaba la cabeza cada vez que se dirigía a mí para preguntarme algo, su desaliento y frustración iban en aumento. He de señalar que este hombre tenía la maldita costumbre de escribir la primera palabra de una frase mucho más pequeña que el resto que le seguían. Se acercaba mucho a la pizarra para escribir la primera palabra y luego se iba alejando para continuar con las demás que iban creciendo y creciendo. A veces, se colocaba unas gafas pero el resultado era mucho peor y no lográbamos identificar ningún arabesco. Con los números le sucedía exactamente lo mismo. El primer número de una suma, resta, etc… lo hacía muy pequeño en comparación al resto. Un día me sacó a la pizarra para resolver una sencilla operación de restar un número de otro. No hubo manera de convencerme. Le desquiciaba al pobre hombre comprobar que en el cuaderno lo hacía bien pero en el encerado, por la expresión de mi cara, parecía darle a entender que aquello que me pedía era algo imposible de resolver. Fué en busca del director del colegio, mientras, permanecí de pie frente a la pizarra.

– Lo he intentado todo con este niño. Sabe perfectamente restar, sumar y todo lo demás, pero hay  veces que se vuelve rebelde y parece no entender nada.

– ¿Usted le ha explicado en qué consiste la operación matemática?- preguntó el director.

– Desde luego, una infinidad de veces. Hay momentos que sí lo entiende y otros que se bloquea.

Para mostrar su rabia y frustración ante el director – yo entendía perfectamente el diálogo entre ellos a pesar de mi silencio – borró con la manga de su uniforme los números que estaban escritos. Cogió de nuevo la tiza y volvió a escribir otra resta.

Mientras lo hacía me desplacé hacia su hombro izquierdo y comprobé que seguía con su maldita costumbre de escribir el primer número mucho más pequeño que el que le seguía. El director me observó detenidamente y me preguntó:

– ¿Se puede restar una cantidad de otra?

Asentí con la cabeza.

– Y en la pizarra ahora  ¿se podría hacer?

– Lah , le respondí rotundo.

– Yo tampoco podría hacerlo – me dijo para mi sorpresa – Para restar un número de otro, el primero

tiene que ser mayor, más grande, ¿verdad?

Asentí de nuevo.

– ¿Puedes hacerlo tú mismo para que yo me entere?

Cogí la tiza y escribí un hermoso 5 panzudo y glotón que tras la dentellada del hambriento 3, produjo

como resultado un simpático 2 sacudiéndose el polvo de tiza de sus alas.

El director estalló en sonoras carcajadas.

– Póngase en la lógica de un niño de 5 años. Sabe que para restar, el primero debe ser mayor y usted lo escribe justo al contrario. Entiende la cantidad pero es capaz de ver al número “con vida” algo que usted y yo, ya no podemos hacer.

Y se marchó del aula dejando el rastro de sus carcajadas. El episodio no le gustó nada a mi profesor que se lo tomó como una afrenta por mi parte para dejarle en ridículo frente al director y el resto de la clase. No volvió a preguntarme nada a partir de ese día y me trasladó a un pupitre apartado al pie de una ventana del lateral izquierdo. En el alero, una pareja de gorriones habían construído un nido. A los pocos días ví aparecer las cabecitas de los dos polluelos y sus hambrientos picos amarillos. Me pasaba las horas sin poder apartar la vista de ese lugar. La gorriona, – quizá por ser madre primeriza y por lo tanto inexperta, o por otro motivo-  alimentaba a una cría más que a la otra. Así pues, pronto se despertó el instinto cainita del hermano mayor que entre picotazos y aleteos trataba de arrojar del nido al más débil y desfavorecido. Esto sí que era una resta en toda regla. Una lección que nos ofrece la vida para la que  no es fácil hallar respuestas. Me levanté de mi asiento incapaz de soportar mi angustia al ver que el polluelo más pequeño pronto acabaría precipitándose al vacío. El profesor abandonó su mesa y se dirigió hacia mí en clara actitud de represalia. Me habló en francés:

– Así es como pierdes el tiempo ¿verdad? sin prestar atención a nada que de lo que explico en clase.

Abrió la ventana y ví cómo intentaba de un manotazo desprender el nido del alero. Le sujeté el brazo y tiré de él hacia mí con todas mis fuerzas. Es sorprendente la reacción que podemos tener en determinadas circunstancias.. ese niño que evitaba hablar a toda costa con casi nadie, de repente, sujetando aún el brazo del profesor decide recitar con perfecto ritmo y entonación, cuatro versículos de una de las Suras  del Corán. El profesor empalideció por completo. Se quitó las gafas y entre lágrimas le escuche decir:

– Allahu – Akbar

Con su ayuda y las migas de pan que tanto él  como yo llevábamos en los bolsillos, logramos que el pequeño desfavorecido cogiese fuerzas para sus primeras lecciones de vuelo.

Restar no es una operación tan facil como pueda parecer a simple vista, sobre todo, si mirando a nuestro alrededor y ante una balanza, reclamamos justicia igual para todos. Recuerdo la mano de ese profesor sobre mi hombro y su mirada miope queriéndome decir: sumamos y restamos unos de otros del mismo modo que nos hacemos fuertes o nos hacemos miserables. Al fin y al cabo, la cantidad de esfuerzo es el mismo.