PIEL MARINA

 

Hoy voy a contaros algo que no es un sueño ¿vale? sino más bien una ensoñación.. una serie de imágenes que aunque estés instalado en una escena real, el deseo y el anhelo te transportan a un estado semiinconsciente. Este último fin de semana (como algunos sabéis)  nos fuímos al apartamento de la playa mamá con su novio, mi amiga Marga , y yo. No hizo buen tiempo en esos cuatro días pero igualmente me lo pasé genial. A esa hora de la mañana (debían ser las nueve) sólo nos habíamos levantado mi madre y yo; su novio seguía envuelto entre las sábanas del dormitorio grande y Marga en mi habitación. Mamá estaba planchando junto a la terraza y entre las prendas vi que estaba una de las camisas que ella se empeña que yo me ponga pero que yo nunca me pongo jajjjaj.. porque suelo usar siempre camisetas. a ver, yo desde muy chico estoy acostumbrado a hacer las tareas de la casa, cocinar lo básico, y a planchar. Desde que mi padre y mi hermano se separaron de nosotros cuando yo tenía doce años (no entiendo por qué todo ocurre a esa maldita edad) mi madre y yo nos vimos obligados a afrontar muchos problemas y vicisitudes juntos. Es una mujer a la que admiro, y aunque somos madre e hijo, tenemos un vínculo tan especial basado en una confianza y complicidad  tan sólidas, que una simple mirada nos basta para  entendernos. Sí, ya sé que no suelo contar muchas cosas de mi día a día, pero a medida que me vaya abriendo y cogiendo confianza, acabaré hablando de personas y hechos más cercanos y cotidiamos. Lo que viene a continuación es una escena de lo más normal: yo mirando por la cristalera de la terraza a un chico en la orilla de la playa, y a un metro de distancia, mi madre planchando su ropa y mi camisa (que nunca me pongo) a las nueve de la mañana… es mi diálogo interior quien superpone los planos,y es el lenguaje del deseo quien agita las olas.

Si estuviese ante un lago golpearía la piel del agua para hallar respuestas pero no me gustan las aguas quietas – a saber qué habrán hecho para estan tan calladas-  mejor que suba en mí la marea como en la playa. Siempre el mar. No logro desprenderme de esos movimientos marinos que liberan sombras. Y las sombras, ya se sabe, sólo producen sed. Tampoco ninguna ola se asemeja a otra aunque descanse en la misma orilla. No quiero preguntar. No suelo hacer muchas preguntas. En mi mundo nunca se interroga a un hombre conmovido. Yo estaba en el apartamento de mi madre probándome una camisa blanca aún sin planchar. Mi madre dijo:

– Ese barco lleva en el agua más de dos horas, flota, chapotea, y se sumerge con las olas. ¿crees que debo llamar a los bomberos?

Miré y sólo ví el mar que debía estar muy salado a esa hora de la mañana, mar cobalto y arenas blancas.

– No es un barco, mamá. Es un cuerpo joven, un chaval moreno

¿Muerto acaso? mi camisa blanca aún sin planchar y yo muerto de deseo, pero al menos no muerto en ese mar tan yodado y salobre de la costa gaditana .¿Y si fuera un barco? si verdaderamente es un barco o un cuerpo ¿quién me lo envía? Yo me baño a menudo en ese mar sin respuestas pero hoy sólo estoy junto a que mi madre mientras me plancha la camisa. Ella es minuciosa con la plancha y el barco-hombre.. ¿se está muriendo minuciosamente? ¿y por qué frente a mi?

– No debí decirte nada, dice mi madre sin levantar la vista de la plancha, te oigo respirar y no son las olas.

Y luego acaba su labor, y me ayuda a colocarme la camisa y me besa, y me besa porque percibe por el cuello aún desabotonado de la prenda un aroma a pan recién hecho. Como si ella misma me hubiese amasado y horneado. Pero en realidad,  husmea por mi piel para cerciorarse que no tengo moratones, rasguños, ni heridas. Así son las madres.

– No tomes mucho el sol, Javi. Somos de piel muy blanca, mejor un tono dorado. (Está nublado)

– Tienes razón, es un barco.

Pero sigo mirando por el ventanal de la terraza. No consigo apartar la vista de ese cuerpo-barco cuya presencia en el mar convierte este hecho en un simple y liviano juego de existir. Veo su sexo como proa rasgando con un escalofrío la superficie verdosa y azul. Así nace el deseo… como un filo cortante sobre esa prenda de seda que cuidadosamente mi madre plancha. Mi casisa es de algodón.

El cuerpo regresa a la arena. Pero nada digo. Está desnudo y brillante de agua y de sal, y de  sol nublado. Ha superado un reto. Un desafío tan humano como el propio existir. Como esa piel de agua que respira a sus espaldas.

– Voy a avisar a los bomberos para que te quedes tranquilo.

– No hace falta. Ya se ha ido.

Mi madre me pregunta si la camisa debe ajustarse tanto. Le respondo que sí, que la camisa debe verse ajustada. En ese momento mi cuerpo se sentía vacío de brazos y abrazos. Estaba atónito viendo a ese barco convertido en cuerpo saliendo del mar. Pálido en mi camisa blanca recién planchada.

– Qué guapo estás, Javi. Pareces un novio. (¿Por qué a este niño sólo tiene ojos para los canallas y macarras, seguramente piensa).