RESPIRACIÓN Y VIDA

“Algo grande está a punto de pasarme: voy a amar mucho a alguien…”
– Jack Kerouac

Mamá y su novio se fueron muy de mañana a Grazalema para huir de este puto calor asfixiante; cuando fui a mear a eso de las seis y media, les vi desayunar en la terraza. No me llamó porque me viera ir desnudo al baño, sino porque los dos, tanto mi madre como Eliah, saben que Ales y yo hemos follado en mi habitación. Toda la noche. Ella es tan escandalosa como yo follando, así que no se le ocurra decirme nada. De una rápida ojeada, ha visto que no llevo marcas, mordiscos en el culo, sangre ni heridas visibles.. y se tranquiliza.

– good morning, sweet boy

– morning, Eliah

– Javi, tienes que sacar al perro

– Vale.

Ocurre que es domingo y salgo a pasear con Tíbet, mi fiel y amigable perrito. Yo en bici y él a un gracioso trote, llegamos al parque aún desierto e inamimado a estas horas de la mañana. Tras jugar y corretear un rato con él me tumbo sobre el césped. Para miticar el vapor sofocante bajo la copa de los árboles, una fina y encantadora lluvia de riego humedece una gran parte de la superficie vegetal . Tíbet se extraña de verme tendido sobre la hierba húmeda y decide averiguar si estoy dormido. Noto su patita golpeándome el brazo; sonrío con disimulo con esa felicidad tonta de quien saca a pasear su ropa de domingo. Está muy cerca de mi oído y le escucho jadear. Una respiración vibrante y alegre que me contagia de euforia con su compás, es simplemente ritmo.

La mayor parte de las cosas que hacemos, y de las cuales depende en buena medida nuestra felicidad son sólo una cuestión de ritmo, esto es, de pulso, de respiración. Por ese motivo resultan tan acertadas expresiones del tipo perder el pulso de la vida, respirar con el mundo, frases hechas que además del lugar común encierran una honda verdad espiritual. Hay que tomarle el ritmo a cualquier asunto, y hasta que no lo conseguimos hacer estamos listos. Una mirada, un poema, tienen su respiración, y si no acompasamos nuestra respiración a la suya, por lo que sea, lo abandonamos o nos abandona. Sucede lo mismo con una ciudad, un clima, o un amor. Al regresar de un viaje nos sentimos deshabitados por la ruptura violenta de un ritmo que ya habíamos adoptado como propio, y durante los días posteriores necesitamos respiración artificial, aire idéntico al anterior bajo la especie de conversaciones que relaten lo vivido en el viaje, fotografías, hasta que de nuevo el aire habitual de nuestra ciudad nos hace sobrevivir sin melancolía, o con melancolía, porque de algunos viajes como de ciertos amores uno ya no se recupera nunca, de ciertos viajes y amores se permanece esclavo para el resto de la vida. Lo único que me gusta de esta ciudad es el carril bici

Todo es cuestón de ritmo y, si perdemos el compás, la vida nos convierte en pobres diablos. Así de sencillo, así de claro y así de triste. Hay quien no lo alcanza jamás , y por ello la vida se le hace insoportable, como un baile estúpido al que nos obligan y en el que alguien estúpido y molesto nos pisa continuamente.

Es la respiración y el ritmo de Tíbet quien me hace levantar del suelo y a bromear con él. Se trata de un baile simple y primitivo, irracional. De una palabra a la otra, de un gesto a otro, lo que digo se desvanece. Sé que estoy vivo entre dos paréntesis… la danza de un hombre con su perro.

.- illo, a ver si cambias de camello.. te va a dar un jamacuco…¿me dejas darte un paseo en tu bici tú delante y yo detrás?  jajajaj. qué guapo el perrito. – escucho decir a un grupo de chavales.

Pero no pierdo el compás, no quiero perder el ritmo de la vida. Dios me libre de desacompasar mi respiración a la de la vida, de perder el pie en el estribo de la existencia, y, por consiguiente, el equilibrio; de olvidar el pie forzado que debemos cantar para no volvernos locos, porque es la contraseña de la puerta de la alegría.

Aquí, quien no hace pie se ahoga.

DESPUÉS DE RECOGIDAS LAS ESPINAS

Tendido boca abajo al borde de la cama con las nalgas separadas y la cabeza lo más inclinada posible, mi Alfa después de entretenerse un rato en la contemplación de mi culo que sumisamente le ofrezco, después de azotarlo y morderlo, humedece con su boca el pequeño y delicado orificio que va a perforar y prepara la penetración con la punta de su lengua. ¿Qué soy ahora que dejo abierta la maquinaria del alma, el tic-tac de un reloj abierto que muestra las pulsaciones del deseo? – Ofrécete – me digo, nadie es capaz de un bello dolor de carnosos pétalos, de entregar su culo en su más ardiente volumen si no es por amor. Nada más tentador que horadar los oscuros abismos del ser cuando es un esclavo quien sucumbe al más fuerte.

Con una mano conduce y maneja el grueso tronco de su polla y con la otra separa mis nalgas; una vez que su furioso glande me ha penetrado, es necesario que empuje con firmeza tratando especialmente de no perder terreno. Ya no siento el alma a la izquierda del pecho, ahora es un alma que no tiene rajas, ni espíritu, ni origen… sólo una brutal y loca necesidad de placer en medio de un sentimiento de dolor y embrutecimiento animal.

A veces, si el orificio es estrechito y pequeño como el mío, se suele sufrir mucho en el momento de la penetración; pero, sin hacer caso a a mis gritos y súplicas de dolor, el verdugo ebrio de poder embiste con su polla gradualmente hasta alcanzar la meta, es decir, hasta que siento que el vello púbico que corona su duro cipote frota deliciosamente mi dilatado agujerito. y lo dilata

– Dime que quieres de mi

– (inaudible)

– No te escucho. ¿Qué carajo quieres de mí? Dí-me-lo

– Ales no puedo pensar ahora mi mente no llega hasta donde llega mi emoción. Estoy castrado por ti. He perdido el corazón por entre los cojines del sofá y no lo encuentro.

– Entonces, pídelo, suplícame.

– Fóllame como un animal hasta el punto que se licúe toda tu alma en mí, por favor, por favor.. “carnéame” (no sé por qué me acordé de Marcus carneando en su granja de Argentina a sus lechoncitos)

Llego a esa nada hambrienta que hay en mí, a ese lugar de la sensibilidad donde cuerpo y espíritu al fin de reconocen y se besan.

Es el momento en el que el macho hambriento prosigue su ruta con rapidez;

después de recogidas las espinas del dolor, todo lo que resta  no es sino un camino de rosas.

Las palpitacionesa gustosas que me producen sus embestidas hacen que contraiga prodigiosamente las paredes de mis entrañas para succionar y acariciar su polla con mi esfínter…¡maldita sea! durante toda mi adolescencia estuve entrenando los músculos de mi suelo pélvico para aprender a redoblar los placeres de un macho alpha, quien ahora colmado de satisfacción y voluptuosidad, no tardará en verter en lo más hondo de mí un esperma abundante y espeso por las lúbricas contracciones que le he proporcionado a su duro y grueso cipote. Es un perfecto código Morse que él recibe después de ajustarse a mí como un guante. Materia viva y carnosa donde ha fabricado a conciencia el molde exacto de su deseo. ¿Cómo describir el inmenso placer que me provoca en mi zona prostática su delicioso prepucio abriendo y dilatando su ojo de polifemo antes de deslecharse?

Ya no puedo pensar en mí, pero sí en la carne, en el sentido sensible de la palabra “carne” antes de que mi pensamiento se derrube definitivamente.