SENSO

Fue durante un viaje en barco en busca del sol de medianoche. Nada más verle después de la noche anterior le pensé entero de la cabeza a los pies. Ten cuidado porque como te piense del modo mío, me dije, este cuerpo aún mío se te escurrirá entre los brazos y se hará mujer si así lo deseo porque no necesito paredes ni suelos porque tengo un espacio inmenso dentro porque soy agénero porque tengo pensada una casa para ti y me basta con respirar en tu oído para que aparezca ese desierto de arenas rubias que en principio tanto te asusta.

Todo esto dentro de dos meses se volverá un desierto blanco decía él mientras me llevaba a ninguna parte de ese país de hielo. Le di un abrazo de los míos que enrosca más que el humo y anega más que un pensamiento, un abrazo ola a la orilla de su sien para decirle tequierolibre-tequierolibre-tequierolibre y el viento soplaba tan fuerte en aquel barco que mi boca se llenó de aire e importaba un carajo en qué idioma le dijese eso de tequierolibre-libreinclusodeser hombre. Él le habló en noruego a su amigo para consultarle qué podía ser ese abrazo-pensamiento que yo le había dado, a qué país y naturaleza pertenecía, que estábamos los tres naufragando en una página en blanco. Su colega en camiseta de tirantas se encogió de hombros y cruzó los brazos por detrás de su nuca, el olor a sudor me avasalló, me intoxicó de deseo como una ostra podrida al sol.

Él me devolvíó el abrazo justo en el umbral de la puerta antes de entrar en la casa de su amigo,esto no tiene ningún sentido porque puedo ser un niño de deseo con un rosario de flores azules en la cabeza, y al mismo tiempo, la gran ramera del apocalipsis capaz de despertar a tu hurón de hocico rosa que ha crecido tanto entre la hierba rizada de tus muslos que me vas a obligar a que lo mate y me lo coma. Como te pienso hombre así te creo, por lo tanto, borra de tu lengua esa idiotez de que me posees. Ahora no soy dueño de nada difícilmente podría serlo de alguien… los tres en la habitación de madera, su amigo de testigo pensaba que follar conmigo debía ser algo trágico porque aquello era de una belleza que no se entiende y de la que siempre había sido excluído.

Soy un insecto que vive en el corazón de la magnolia para libar tus azúcares y remover tus pólenes con mis patitas antes de deslecharte y descargar en mí tus tinturas internas. Entra en mi casa mientras estrangulo el eje de tu sexo, no tengas miedo porque no pienso darte hijos y el único anillo de compromiso es el que tan perfectamente se ajusta a la circunferencia de tu falo.

Quiero que entres con los ojos abiertos y abriendo los oídos

sin miedo

sabiendo y no sabiendo

efrentándote a otras voces, a otros cauces.

Te quiero un Adán recién despierto en la primera mañana del mundo

olvidando los recuerdos de un paraíso sin pecado original,

desprendido de Dios

para renacer de nuevo

intacto.

Y entonces

tu carne

se

des

pe

da

za

en mi boca.

Una ola lúbrica

que

res

ba

la

y

go

tea

 

 

 

 

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HABITANDO ESPERAS Y ESCALERAS

Me estrello a menudo con la realidad, con la vida de los otros. Pero ¿cúal es mi propia realidad? no veo lo mismo que los demás, no presumo que sea mejor o peor, pero no es lo mismo. A estas cuatro fotografías nada les une ni nada tienen en común y, sin embargo, para mí pertenecen a una misma melodía, una especie de jazz urbano ¿por qué? las he pasado a blanco y negro porque lo que me transmitían sus colores era algo insufriblemente hermoso. Os juro que nada invento, de alguna manera todo está dentro de mí. Cuando saboreo y me trago el esperma de un tío me llevo todos sus minerales, amores y victorias, pero también sus miedos e inseguridades. Al fin y al cabo, la vida no es más que una digestión tras otra. No me juzguéis, cada cual busca donde puede y desea las proteínas necesarias.

– ¿Por qué sabes tantas cosas de mí si apenas te he contado nada de mi vida?

– Por tu sabor.

¿Le estaba hablando a ella? Nunca lo supe. Mientras tanto, él fingía canturrear, así hace el viento a través del marco de una ventana.

– ¿No dirás nada, verdad?- le dijo él antes de marcharse.

A ella le entró ganas de reír porque había días que después de follar toda la noche con él, amanecía sin conocer las palabras. Mejor así. Decir ¿qué? y ¿a quién? si en el fondo él deseaba que todo el mundo lo supiera. ¿Por qué si no finge que me espera al final de la escalera?

La última vez que le alejé de mi vida, me estrechó contra su abrigo.

Es un milagro haberme desnudado de su vida. Pensó ella mientras le observaba desde la ventana del séptimo piso.

Es elegante en su espera. No tiene prisa. “Yo era el muchacho más apuesto de la escuela”, me cuenta, impasible, a sus casi setenta años. “Si el corazón tiene música, se es joven para siempre.”

Está tanteando la lluvia y escuchando un leve acento áspero que ladra como la tetera de té que su mujer coloca sobre la estufa. Son dos lluvias las que escucha pero su oído experto las descodifica.

– No te lleves el paraguas, no lo necesitas- le dice su esposa cuando le ve salir de casa.

Él sabe esperar y ser elegante sin su paraguas…

El sol

será hoy

un blanco suplicio en el cuello de su camisa.

Como su abuelo le enseñó, no demuestra  impaciencia, prefiere exhibirse, mostrarse… iluminarse en su espera.

Aquí empieza tu música, chaval.

La memoria insegura de tus ancestros reúne el ritmo de las notas como a un rebaño tembloroso.

Pero sabe contenerse no mueve sus inmaculados zapatitos blancos. Y el estrépito de la calle, las estúpidas bocinas de los coches y las sirenas de los bomberos, se convierten en lamento.

La ciudad se burla de los pasos nuevos, de los zapatos de charol, por eso él no quiere moverse y sabe esperar como una fuente a la que gota a gota le falta la voz.

Éste es tu momento, chaval, extiende los brazos: una lluvia clara lavará tus heridas aunque tu abuelo no traiga hoy paraguas. Que empiecen a bailar tus zapatitos blancos como el pespunte de una maquina de coser sobre el asfalto. Suelta los hilvanes y cósete a mi corazón de lino.

 – Un hombre solo. Un hombre libre – canta la mujer ligera y leve, la mujer plumón de ave.

La oscuridad se retira, el teatro se enciende.

Sobre el escenario urbano, iluminado, soliloquia el príncipe mientras los cortesanos escupen sus frustraciones y envidias en la sombra.

Así como se apresura el viento por estrechas calles y parques.

Así como las lechuzas reconocen los campos por la noche.

Un hombre solo. Un hombre libre. ( la letra de la canción la escribí para ella en una noche de borrachera).

La espera desnuda. Los dos sabemos qué es eso. Y si hay soledad, algo mágico destilarán esas lágrimas púrpura en el mejor bourbon.

La imagino actuar. La veo brillar, yo cosí una a una todas las lentejuelas en su vestido, las recorté de una lámina de acetato. Parecen escamas de jurel y lágrimas de sirena.

Sobre el anillo, el mechón de pelo, surje la voz melancólica y ronca,  la sonrosada dentadura de la protagonista cuando abre la boca para cantar la letra que escribí para ella.

Al amanecer, los gorriones seguirán ensuciando los aleros de las ventanas y el martirio de ella será lento y hermoso.

El abrigo sigue colgado en el perchero de la puerta. Él no se fue, le dejamos que se fuera. A ella y a mí nos ponen y excitan los hombres libres. Nos dejó su abrigo, sin embargo. En el bolsillo hay una nota para nosotros que el bourbon nunca nos permitió leer de regreso, de madrugada.

Las dos somos putas y estamos casi siempre borrachas.

UN GRAN FRÍO, UNA ATROZ ABSTINENCIA

 El ojo queda fascinado por las cualidades del color, se excita como el paladar con un manjar picante. Del mismo modo que al tocar el hielo sólo se siente el frío físico y esta sensación se olvida cuando se calienta de nuevo el dedo, así se olvida también el efecto físico del color cuando el ojo se aparta. Pero a mí me pasa algo extraño: el cielo me fluye por las narices como una leche nutritiva y azul. De niño vi la llama, el resplandor del fuego puro, me sentí atraído por la llama, quise tocarla, me quemé, sentí miedo y respeto por ella. Y el fuego se quedó dentro, en la carne. Por eso se me da mejor calentarte las manos que decirte te amo.

El fuego que aleja la oscuridad, alarga el día, calienta los cuerpos, prepara la comida y hace gozar a los amantes.. Tuve la suerte y el privilegio de nacer y vivir en una tierra donde crecí al calor y abrigo de diferentes culturas y religiones. Aprendí a respetarlas y admirarlas de la mano y el cariño de sus gentes. Somos hijos de nuestro paisaje y él nos dicta nuestras emociones para siempre.

Sabor del color, el sol con un traje de purpurina dorada, las nubes de especias, los dulces en las ventanas.

Calor, tu mirada, bajo la ropa, el aire templado del Atlántico, tu polla clavada en la arena.

Olor, el recuerdo vivo de tu ausencia.

El sonido estridente del amarillo duele a la vista más que que el tono estridente de una trompeta al oído. Cierro la boca para imaginar el sol de mediodía… mi lengua sabe a cúrcuma ácida y asfixiante. Es esta necesidad interior la que me lleva a ti: pura intuición. Pura superficie.. ¿Pero hay algo más profundo que la superficialidad? debajo de este colorido flotante nuestros pies pisan la ciénaga.

El verde es como una vaca, gorda, sana e inmóvil, que rumiando contempla el mundo con ojos adormilados y bobos. Puedo oler sus excrementos sobre los helechos del acantilado. Han comido tantos lirios silvestres, tienen las ubres tan hinchadas, que van dejando un sendero lácteo sobre la hierba violeta. A través de la mezcla de amarillo ha entrado en juego una fuerza activa, adquiere otro matiz: se hace grave y pensativo… se hace azul. Y celeste: ese cielo del que no quiero nunca más desprenderme.

Mis ojos descansan.

El color rojo no tolera el frío, pierde su sonido y sabor. El color rojo arde, pero en sí mismo, le falta el carácter demente del amarillo

Cierro los ojos. Oscuridad. La nada anterior al comienzo, al nacimiento. quizá la tierra sonaba así en los tiempos blancos de la era glacial. Allí quiero ir en agosto…a un país de hielo, a ofrecer mi culo pequeño y redondo, imberbe y rubio, al guerrero Norte. Que me lo destroce y haga sangrar como un bebé foca sobre la nieve

El color negro suena como la nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza.

Quítame ese hilo de agua de tu lengua, te he abierto ya mis dos hemisferios, injúriame por dentro.

GOOD BOYS ALWAYS LOOK FOR APPROVAL

Llego a casa, enciendo el televisor y oigo fugazmente la noticia: “el chico adolescente disparó contra su hermano también menor de edad causándole la muerte”. No me ha dado tiempo a pillar el hilo argumental del programa. Estoy ante una historia sin principio como lo han sido la mayoría de mis encuentros. Creo deducir que el hermano mayor sometía a su víctima a severos castigos llegando incluso a la agresión sexual. Me sobresalto cuando suena inoportunamente el fijo de casa, lo que me obliga a bajar el volumen del televisor. Al parecer, el chico asesinado – sin decir nada a su hermano mayor – había conocido a su amigo en un chat y tras hacerle cómplice de su situación familiar mantuvieron durante un tiempo una relación virtual, y  posteriormente, tras largas conversaciones telefónicas se enamoraron.

– ¿Estás ahí? 

– sí, si.. perdona. Me has pillado haciéndome la cena. Tengo un filete al fuego.

Habían concertado su primera cita para ese sábado. El ilusionado joven se había imaginado a su salvador como un héroe porque le había dicho que para la ocasión se pondría unas Nike de la talla 48. Saber que su amante tenía los pies grandes le daba confianza al pobre chico.

– Estás haciéndote una tortillita ¿no?

– sí , si.

– ¿Con una sola mano?

-¿Qué ciencia hay que tener para batir dos huevos?


Cuando en el juicio le preguntaron al agresor por qué disparó contra su hermano, sólo se limitó a contestar frío e impasible: “No lo sé. Mi hermano buscaba algo, un destino. Somos negros, en mi familia no tuvimos nunca nada de eso. Además se había enamorado de un extraño”. La conversación me aparta de la historia. Me pierdo el final si es que puede tener final una historia que llegó a mí sin principio. No tengo ganas ya de cenar ese filete que se ha cocido como la suela de un zapato. Y la tortilla nunca existió porque eran mis impacientes dedos tamborileando el bolígrafo.

La historia ya estaba en mí, inevitable: ¿Quíenes eran esos dos chicos? Los dibujo en un trozo de papel e intento imaginar algunas de sus conversaciones. Grabo un audio locutando las dos voces del diálogo, pero siento la presencia del enfurecido hermano en busca de los amantes. Viene hacia mí con la polla negra en una mano, y en la izquierda un calibre 22 aún humeando. Los Alfas son ejecutores, lo sé, pero éste paulatinamente muda de piel y se va convirtiendo en blanco hasta parecerse a mi propio hermano. Detengo la grabación, y tras unos instantes de angustia, decido borrarla.

Ese día, entre los dos el aire tenía gusto de sábado. Era su primera cita, nunca se habían visto antes. Y de pronto los dos eran raros, la rareza en el aire. Ellos se sentían raros, no formando parte de las mil personas que iban por la calle. Ahora, los dos a veces eran cómplices, tenían una vida secreta que nadie comprendía. Y también porque los raros son perseguidos por la gente que no tolera la insultante ofensa de los que se diferencian. Dos chicos negros disimilando su amor para no herir a los otros con la envidia. Para no herirlos con una estrella demasiado luminosa para los ojos de los vecinos.

Y de repente, un disparo. Se acabó. Sorprendentemente sólo unas gotitas de sangre sobre las enormes Nike del gigante que no tuvo tiempo de detener al agresor y salvar a su amante…..en el último suspiro, la víctima quiso aferrarse  a aquellos pies grandes como quien besa un suelo sagrado.

RESPIRACIÓN Y VIDA

“Algo grande está a punto de pasarme: voy a amar mucho a alguien…”
– Jack Kerouac

Mamá y su novio se fueron muy de mañana a Grazalema para huir de este puto calor asfixiante; cuando fui a mear a eso de las seis y media, les vi desayunar en la terraza. No me llamó porque me viera ir desnudo al baño, sino porque los dos, tanto mi madre como Eliah, saben que Ales y yo hemos follado en mi habitación. Toda la noche. Ella es tan escandalosa como yo follando, así que no se le ocurra decirme nada. De una rápida ojeada, ha visto que no llevo marcas, mordiscos en el culo, sangre ni heridas visibles.. y se tranquiliza.

– good morning, sweet boy

– morning, Eliah

– Javi, tienes que sacar al perro

– Vale.

Ocurre que es domingo y salgo a pasear con Tíbet, mi fiel y amigable perrito. Yo en bici y él a un gracioso trote, llegamos al parque aún desierto e inamimado a estas horas de la mañana. Tras jugar y corretear un rato con él me tumbo sobre el césped. Para miticar el vapor sofocante bajo la copa de los árboles, una fina y encantadora lluvia de riego humedece una gran parte de la superficie vegetal . Tíbet se extraña de verme tendido sobre la hierba húmeda y decide averiguar si estoy dormido. Noto su patita golpeándome el brazo; sonrío con disimulo con esa felicidad tonta de quien saca a pasear su ropa de domingo. Está muy cerca de mi oído y le escucho jadear. Una respiración vibrante y alegre que me contagia de euforia con su compás, es simplemente ritmo.

La mayor parte de las cosas que hacemos, y de las cuales depende en buena medida nuestra felicidad son sólo una cuestión de ritmo, esto es, de pulso, de respiración. Por ese motivo resultan tan acertadas expresiones del tipo perder el pulso de la vida, respirar con el mundo, frases hechas que además del lugar común encierran una honda verdad espiritual. Hay que tomarle el ritmo a cualquier asunto, y hasta que no lo conseguimos hacer estamos listos. Una mirada, un poema, tienen su respiración, y si no acompasamos nuestra respiración a la suya, por lo que sea, lo abandonamos o nos abandona. Sucede lo mismo con una ciudad, un clima, o un amor. Al regresar de un viaje nos sentimos deshabitados por la ruptura violenta de un ritmo que ya habíamos adoptado como propio, y durante los días posteriores necesitamos respiración artificial, aire idéntico al anterior bajo la especie de conversaciones que relaten lo vivido en el viaje, fotografías, hasta que de nuevo el aire habitual de nuestra ciudad nos hace sobrevivir sin melancolía, o con melancolía, porque de algunos viajes como de ciertos amores uno ya no se recupera nunca, de ciertos viajes y amores se permanece esclavo para el resto de la vida. Lo único que me gusta de esta ciudad es el carril bici

Todo es cuestón de ritmo y, si perdemos el compás, la vida nos convierte en pobres diablos. Así de sencillo, así de claro y así de triste. Hay quien no lo alcanza jamás , y por ello la vida se le hace insoportable, como un baile estúpido al que nos obligan y en el que alguien estúpido y molesto nos pisa continuamente.

Es la respiración y el ritmo de Tíbet quien me hace levantar del suelo y a bromear con él. Se trata de un baile simple y primitivo, irracional. De una palabra a la otra, de un gesto a otro, lo que digo se desvanece. Sé que estoy vivo entre dos paréntesis… la danza de un hombre con su perro.

.- illo, a ver si cambias de camello.. te va a dar un jamacuco…¿me dejas darte un paseo en tu bici tú delante y yo detrás?  jajajaj. qué guapo el perrito. – escucho decir a un grupo de chavales.

Pero no pierdo el compás, no quiero perder el ritmo de la vida. Dios me libre de desacompasar mi respiración a la de la vida, de perder el pie en el estribo de la existencia, y, por consiguiente, el equilibrio; de olvidar el pie forzado que debemos cantar para no volvernos locos, porque es la contraseña de la puerta de la alegría.

Aquí, quien no hace pie se ahoga.

EL NIDO

Mis primeros cinco años de vida los pasé en una hermosa capital del norte de África, con el grandioso zoco al fondo, y a escasos kilómetros… los restos arqueológicos de una importante ciudad del imperio de Roma . En el aire y en la tierra,  podía percibirse con claridad el poder imantado de las piedras en los senderos, los barrancos y las higueras silvestres. Cuando empezaba a leer y a escribir en la que se suponía que iba a ser mi lengua materna (no hubo consenso familiar en eso ni en muchas otras cosas) ingresé en el único colegio internacional de la ciudad; pero mi padre pensó que era buena idea que dos días por semana acudiese a una Madrasa. Aunque la enseñanza que se impartía abarcaba varias materias, “el hafiz” o memorización de los versículos coránicos, se consideraba una parte fundamental en el aprendizaje de la lengua y escritura del árabe. Cambiar de sentido y orientación los renglones de la nueva caligrafía no me supuso demasiado esfuerzo, al fin y al cabo, las madres hacía lo mismo al tender la ropa al sol en patios y azoteas y las sombras de las hojas de los árboles dejaban su impronta en la blancura de las sábanas. Pero a la hora de hablar y expresarme tropecé con un verdadero galimatías: Mis padres me hablaban en sus respectivos idiomas, mi hermano que ya dominaba tres, incluía numerosas frases y palabras en árabe dentro de sus conversaciones, y como remate a esta “babel linguística”… Agiá, uno de los pocos supervientes de las familias judías que se establecieron en el norte de África tras la expulsión de la Península por orden de los Reyes Católicos, sólo se expresaba en haketía, ” a la manera  hebrea” como lo llamaba mi madre. A todo esto hay que señalar que el árabe que empezaba a aprender en la madraza, poco o casi en nada, se parecía a los dialectos que usaban los lugareños en la gran explanada del zoco bajo las frondas de los naranjos y eucaliptos..

Decidí crear un lenguaje propio y orgánico. Fuí ajustando mis infantiles cuerdas vocales a un conjunto de sonidos guturales y  onomatopéyicos, palabras de mi invención, que quien me oyese bien pudiera pensar que yo era “el niño salvaje” encontrado en las montañas de Yebala. Hablaba poco, más bien nada. Y cuando lo intentaba no había quien pudiese descifrar lo que decía. En verdad, sólo Silasila , el perro guardián de mi casa parecía entenderme a la perfección, no en vano practiqué con él infinidad de horas. Cuando el resto de mi familia le daba alguna orden, el animal me miraba con sus luminosos ojos negros como esperando la traducción a nuestro código secreto.  Recuerdo que Ahuilah!  significaba “alerta, alguien se acerca” y entre ladridos se abalanzaba contra la gran verja de la puerta de entrada  para detener al intruso.

Con los números , sin embargo, no encontré dificultad alguna, me apasionaron desde el primer momento que entré en contacto con ellos. Les doté de vida propia: podía tocarlos, nombrarlos, tenían carácter y personalidad diferentes y se me escurrían como el agua entre los dedos. Me bastaba una tiza en la mano para cubrir con sus gráficos desde las patas de una mesa o una cómoda, hasta cualquier superficie horizontal o vertical que encontrase a mi paso. El poder y liderazgo del uno, la fiereza y valentía del siete, las bromas del cuatro, y la inteligencia del nueve, me servían para crear batallas entre legiones de uno y otro bando e interminbles diálogos que me absorvían por completo. Con esto no quiero decir que se me diesen bien las matemáticas, al contrario, lo que hice fué personalizarlos y dotarlos de una realidad palpable. Venir a mí – al Javi de entonces – con el cuento de “te voy a poner un problema a ver si sabes la solución: en una cesta hay diez panes a repartir entre cinco o le quitamos ocho ¿cúantos quedan?” me dejaba absolutamente indiferente. Creo que en una ocasión llegué incluso a decir: ¿Y dónde está el problema? mi reacción habría sido muy diferente si me hubiesen dicho que una familia sin nada qué comer encuentran una cesta con panes y unos bandidos le asaltan y roban, etc etc.. seguro que los números hubiesen venido a mi auxilio y resuelto el asunto con justicia.

Con estos preliminares, es de suponer que mi relación con los profesores y compañeros de la madrasa no fué nunca fácil ni cómoda. Algunos de aquellos niños que para asistir a clase tenían que recorrer a diario varios kilómetros desde sus poblados y aldeas,- muchos de ellos descalzos y sin que el uniforme de la escuela lograse disimular apenas la extrema miseria en la que vivían –  me observaban entre perplejos y curiosos. Algunos olían a humo de leña,  tierra y adobe, a esa impregnación que dejan por contacto las glándulas animales. Las niñas, en cambio, – sólo eran cuatro o cinco- desprendían un aroma bien distinto: sus madres lustraban sus cabellos con henna y un ungüento casero donde se podía distinguir claramente la fragancia de los cítricos junto al clavo de olor y la canela. En primavera, los que venían campo a través desde sus aldeas, traían desde la cintura a los pies una fina capa de pólen adherida a sus ropas, cuadernos y manos. Una nube de polvo amarillo quedaba suspendida en el aire sobre nuestras cabecitas, al tiempo que entre estornudos y abnegado respeto, recitábamos versículos del Corán.

El profesor de árabeque también se empeñaba en dar matemáticas no sabía qué hacer conmigo. Entre que nunca consiguió arrancarme una sola palabra, y que por mi parte cerraba los ojos y agachaba la cabeza cada vez que se dirigía a mí para preguntarme algo, su desaliento y frustración iban en aumento. He de señalar que este hombre tenía la maldita costumbre de escribir la primera palabra de una frase mucho más pequeña que el resto que le seguían. Se acercaba mucho a la pizarra para escribir la primera palabra y luego se iba alejando para continuar con las demás que iban creciendo y creciendo. A veces, se colocaba unas gafas pero el resultado era mucho peor y no lográbamos identificar ningún arabesco. Con los números le sucedía exactamente lo mismo. El primer número de una suma, resta, etc… lo hacía muy pequeño en comparación al resto. Un día me sacó a la pizarra para resolver una sencilla operación de restar un número de otro. No hubo manera de convencerme. Le desquiciaba al pobre hombre comprobar que en el cuaderno lo hacía bien pero en el encerado, por la expresión de mi cara, parecía darle a entender que aquello que me pedía era algo imposible de resolver. Fué en busca del director del colegio, mientras, permanecí de pie frente a la pizarra.

– Lo he intentado todo con este niño. Sabe perfectamente restar, sumar y todo lo demás, pero hay  veces que se vuelve rebelde y parece no entender nada.

– ¿Usted le ha explicado en qué consiste la operación matemática?- preguntó el director.

– Desde luego, una infinidad de veces. Hay momentos que sí lo entiende y otros que se bloquea.

Para mostrar su rabia y frustración ante el director – yo entendía perfectamente el diálogo entre ellos a pesar de mi silencio – borró con la manga de su uniforme los números que estaban escritos. Cogió de nuevo la tiza y volvió a escribir otra resta.

Mientras lo hacía me desplacé hacia su hombro izquierdo y comprobé que seguía con su maldita costumbre de escribir el primer número mucho más pequeño que el que le seguía. El director me observó detenidamente y me preguntó:

– ¿Se puede restar una cantidad de otra?

Asentí con la cabeza.

– Y en la pizarra ahora  ¿se podría hacer?

– Lah , le respondí rotundo.

– Yo tampoco podría hacerlo – me dijo para mi sorpresa – Para restar un número de otro, el primero

tiene que ser mayor, más grande, ¿verdad?

Asentí de nuevo.

– ¿Puedes hacerlo tú mismo para que yo me entere?

Cogí la tiza y escribí un hermoso 5 panzudo y glotón que tras la dentellada del hambriento 3, produjo

como resultado un simpático 2 sacudiéndose el polvo de tiza de sus alas.

El director estalló en sonoras carcajadas.

– Póngase en la lógica de un niño de 5 años. Sabe que para restar, el primero debe ser mayor y usted lo escribe justo al contrario. Entiende la cantidad pero es capaz de ver al número “con vida” algo que usted y yo, ya no podemos hacer.

Y se marchó del aula dejando el rastro de sus carcajadas. El episodio no le gustó nada a mi profesor que se lo tomó como una afrenta por mi parte para dejarle en ridículo frente al director y el resto de la clase. No volvió a preguntarme nada a partir de ese día y me trasladó a un pupitre apartado al pie de una ventana del lateral izquierdo. En el alero, una pareja de gorriones habían construído un nido. A los pocos días ví aparecer las cabecitas de los dos polluelos y sus hambrientos picos amarillos. Me pasaba las horas sin poder apartar la vista de ese lugar. La gorriona, – quizá por ser madre primeriza y por lo tanto inexperta, o por otro motivo-  alimentaba a una cría más que a la otra. Así pues, pronto se despertó el instinto cainita del hermano mayor que entre picotazos y aleteos trataba de arrojar del nido al más débil y desfavorecido. Esto sí que era una resta en toda regla. Una lección que nos ofrece la vida para la que  no es fácil hallar respuestas. Me levanté de mi asiento incapaz de soportar mi angustia al ver que el polluelo más pequeño pronto acabaría precipitándose al vacío. El profesor abandonó su mesa y se dirigió hacia mí en clara actitud de represalia. Me habló en francés:

– Así es como pierdes el tiempo ¿verdad? sin prestar atención a nada que de lo que explico en clase.

Abrió la ventana y ví cómo intentaba de un manotazo desprender el nido del alero. Le sujeté el brazo y tiré de él hacia mí con todas mis fuerzas. Es sorprendente la reacción que podemos tener en determinadas circunstancias.. ese niño que evitaba hablar a toda costa con casi nadie, de repente, sujetando aún el brazo del profesor decide recitar con perfecto ritmo y entonación, cuatro versículos de una de las Suras  del Corán. El profesor empalideció por completo. Se quitó las gafas y entre lágrimas le escuche decir:

– Allahu – Akbar

Con su ayuda y las migas de pan que tanto él  como yo llevábamos en los bolsillos, logramos que el pequeño desfavorecido cogiese fuerzas para sus primeras lecciones de vuelo.

Restar no es una operación tan facil como pueda parecer a simple vista, sobre todo, si mirando a nuestro alrededor y ante una balanza, reclamamos justicia igual para todos. Recuerdo la mano de ese profesor sobre mi hombro y su mirada miope queriéndome decir: sumamos y restamos unos de otros del mismo modo que nos hacemos fuertes o nos hacemos miserables. Al fin y al cabo, la cantidad de esfuerzo es el mismo.

EL AMANTE DE MAMÁ

No es una historia triste ni melancólica ¿Por qué han de ser tristes la mayoría de historias donde se asoma la cabecita rubia de un niño entre líneas? El protagonista de este episodio apenas tiene siete años y patalea furioso mientras con su manecita señala hacia ese lugar donde el sol se está poniendo, y el oro se derrama por las nubes y las piedras. Los habitantes del entorno dorados quedaron también como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos con reflejos de henna de la mujeres. En ese oro pálido, la brisa adquiere una ascención de espada desenvainada. Os preguntareís por qué. Pues porque es África y porque es así como es la silueta ecuestre del amante en la dulzura del ocaso.

Padre e hijo parten de viaje hacia esa ciudad rodeada de montañas  donde se encuentra el hospital donde el niño va a ser operado de amigdalitis. Muy de mañana, abajo, en la pequeña ciudad adormecida un gallo volaba y se posaba al borde de una ventana celeste. Las gallinas espiaban. Más allá de las vías del tren había un ratón dispuesto a huir.

El niño lo ve todo, se da cuenta de todo, pero sabe callar y guardar el bendito silencio. La madre lleva un hermoso vestido muy favorecedor de lino blanco ajustado y unas gafas negras. No soporta ver la miseria ni los rostros de los nativos del lugar. Sabe que sus hermosos ojos azules despiertan codicia y admiración. La madre no les acompaña. Fué capaz de una lágrima, sin embargo.

– Tu madre es ciega.

– No, no lo es. Es holandesa y le molesta la luz. El niño lo ha repetido cientos de veces.

Padre e hijo viajan en primera clase desde donde se puede oler el aroma del té a la menta que los nativos están preparando en la estación ferroviaria. Como es primavera  han arrrancado ramas  de azahar para aromatizar aún más el delicioso brebaje, y tras ellos, le siguen enjambres de abejas con sus patas doradas de pólenes. Se oye perfectamente el zumbar de los insectos y el bisbiseo del agua en los recipientes. Un aroma que adormece y acuna.

El padre le cuenta al niño que cuando una abeja llevada por la codicia cae en el interior del vaso y muere ahogada… los hombres la hacen resucitar formando un volcán con las cenizas de sus pipas de kif. Tras sacudir las alas, el insecto revive y alza el vuelo.

– ¿Quieres que vayamos a comprobarlo?

– No.- El niño contesta rotundo, no aparta la vista de la ventanilla de su asiento. Espera ver a un hombre y su caballo en el horizonte. El tren en marcha y postes, malditos postes…. la velocidad se come los postes cuando se viaja en tren.

– Papá, ¿vendrá Pierre como nos prometió? – ese “nos” le dolió en el alma y le hizo sonrojar hasta la raíz del pelo. Había desvelado su secreto. Un terrible secreto.

– ¿Pierre? no, es imposible. Estará con sus asuntos de hípica por T…, o incluso aún más lejos. ¿Por qué lo preguntas?- El niño no contesta, no va a decir nada pero lo sabe todo. El padre le acaricia el cabello liso ante la mirada bobalicona de los viajeros de los asientos contiguos.

El niño es una criatura hermosa a pesar de su corta edad, rasgos delicados heredados de la madre, pero de una dureza distante y diamantina. El niño piensa. ¿Creéis que los niños no piensan? El niño piensa en Pierre y dice: “no, no puedo dejar de ir si él me llama. Y sé que de noche cuando él me llame iré”. Un niño es capaz de pensar esto y mucho más cuando ha visto que su madre se pone una gota de vaselina en los lóbulos de las orejas, muñecas, codos y escote para que el perfume quede mejor impregnado como el ámbar de esos insectos que oye zumbar por todas partes. Sabe que su madre está con el jinete por eso no se atreve a mirar a su padre.”Quiero todavía que sea un caballo quien conduzca mi pensamiento.”

El niño salta de su asiento y grita: ¡Papá, Pierre está ahí! ¿Lo ves en aquella loma? Justo donde “nos” prometió a mamá y a mí que vendría. El jinete es un hombre hermoso, joven, y valiente. Sus ropas, cabellos y sombrero adquieren a esa hora de la tarde una tonalidad dorada verdosa como sus ojos. Pierre es francés, la madre del niño holandesa. El padre mientras piensa saca demasiadas cosas de sí mismo y siente el vacío. Es en el vacío donde se pasa el tiempo. El padre está abandonado, pierde el contacto con la tierra, con el cielo. Ya no vive, y sin embargo, existe.

El niño ve el caballo desnudo, ve a Pierre como la libertad indomable que se torna inútil aprisionarlo para que sirva al hombre. Así verá el niño a los hombres para el resto de su vida como el jinete que somete al potro pero no lo domestica. En otra parte, la mujer piensa que es demasiado tarde para tener un destino, y el suyo no es estar ya con el medio español con quien está casada. Hacía tiempo que no lloraba, pero ahora estaba muy cansada y saciada. Si aquello era llanto, no lo era. Era otra cosa. Finalmente se sonó la nariz. Entonces pensó lo siguiente: que ella forzaría el “destino” y tendría un destino mayor. Se quitó las gafas oscuras y salió a pasear por la ciudad. No volvería a ver nunca más a Pierre.

El niño mira al padre y le oye decir: “Un hombre siempre cumple lo que promete”. La silueta del jinete ya ha desaparecido en la lejanía… el niño abraza a su padre y rompe a llorar en sollozos.

Al día siguiente amaneció Domingo. Mañana azulada, día bruto en esa ciudad vocinglera, caótica y de tranvías. El hospital es un bello edificio rodeado de jardines y balaustradas de estilo colonial y repleto de enfermeras de un blanco inmaculado.

El niño ya está anestesiado y listo para entrar en quirófano. Pero surje un imprevisto: una familia entra en urgencias tras un brutal accidente de tráfico… se impone el protocolo de prioridades.

El padre sostiene a su hijo en brazos para que no pierda calor y no consiente que lo separen de él a pesar de los ruegos de las enfermeras. Se dirije a una ventana: la ciudad, los bloques cuadrados, los mercados de especias, la escalera vacía, la piedra.

Pasan tres largas horas y no consiente separarse de su hijo a pesar del terrible dolor que experimentan sus brazos. El niño comienza a despertar de la anestesia y vomita. Balbucea: Pierre te amo… tan niño y ya sabía lo que era el deseo, aunque no supiese que lo sabía. Lo vío en los ojos de su madre cuando se quitaba las gafas oscuras para mirar a Pierre.

El deseo era así: estar hambriento pero no de comida, era un gusto algo amargo que subía desde el bajo vientre y le alborotaba los delicados y sonrosados pezoncillos y los brazos vacíos de abrazos. Le dolía vivir … “Pierre, je vous aime”

El padre no puede contener las lágrimas al escuchar a su hijo: “No pienso en Dios, Dios no piensa en mí. Dios es de quien logra llegar hasta Él. En la anestesia aparece Dios. Entre tanto, las nubes son blancas y el cielo es todo azul. ¿Para qué tanto Dios? ¿Por qué no un poco para los hombres abandonados? piensa el padre.

– Señor, no debe preocuparse por nada. El niño no corre ningún riesgo. Lo hemos vuelto a sedar. La operación será breve y seguro que todo irá bien.

El padre abandona el hospital. Ha visto cruzar la silueta de su mujer por uno de los pasillos.

Pero hete aquí que surje un caballo. Es un caballo con cuatro patas y cascos duros de piedra, pezcuezo potente, y cabeza de caballo. He ahí un caballo.

Pero ya sólo es una sombra.