EL NIDO

Mis primeros cinco años de vida los pasé en una hermosa capital del norte de África, con el grandioso zoco al fondo, y a escasos kilómetros… los restos arqueológicos de una importante ciudad del imperio de Roma . En el aire y en la tierra,  podía percibirse con claridad el poder imantado de las piedras en los senderos, los barrancos y las higueras silvestres. Cuando empezaba a leer y a escribir en la que se suponía que iba a ser mi lengua materna (no hubo consenso familiar en eso ni en muchas otras cosas) ingresé en el único colegio internacional de la ciudad; pero mi padre pensó que era buena idea que dos días por semana acudiese a una Madrasa. Aunque la enseñanza que se impartía abarcaba varias materias, “el hafiz” o memorización de los versículos coránicos, se consideraba una parte fundamental en el aprendizaje de la lengua y escritura del árabe. Cambiar de sentido y orientación los renglones de la nueva caligrafía no me supuso demasiado esfuerzo, al fin y al cabo, las madres hacía lo mismo al tender la ropa al sol en patios y azoteas y las sombras de las hojas de los árboles dejaban su impronta en la blancura de las sábanas. Pero a la hora de hablar y expresarme tropecé con un verdadero galimatías: Mis padres me hablaban en sus respectivos idiomas, mi hermano que ya dominaba tres, incluía numerosas frases y palabras en árabe dentro de sus conversaciones, y como remate a esta “babel linguística”… Agiá, uno de los pocos supervientes de las familias judías que se establecieron en el norte de África tras la expulsión de la Península por orden de los Reyes Católicos, sólo se expresaba en haketía, ” a la manera  hebrea” como lo llamaba mi madre. A todo esto hay que señalar que el árabe que empezaba a aprender en la madraza, poco o casi en nada, se parecía a los dialectos que usaban los lugareños en la gran explanada del zoco bajo las frondas de los naranjos y eucaliptos..

Decidí crear un lenguaje propio y orgánico. Fuí ajustando mis infantiles cuerdas vocales a un conjunto de sonidos guturales y  onomatopéyicos, palabras de mi invención, que quien me oyese bien pudiera pensar que yo era “el niño salvaje” encontrado en las montañas de Yebala. Hablaba poco, más bien nada. Y cuando lo intentaba no había quien pudiese descifrar lo que decía. En verdad, sólo Silasila , el perro guardián de mi casa parecía entenderme a la perfección, no en vano practiqué con él infinidad de horas. Cuando el resto de mi familia le daba alguna orden, el animal me miraba con sus luminosos ojos negros como esperando la traducción a nuestro código secreto.  Recuerdo que Ahuilah!  significaba “alerta, alguien se acerca” y entre ladridos se abalanzaba contra la gran verja de la puerta de entrada  para detener al intruso.

Con los números , sin embargo, no encontré dificultad alguna, me apasionaron desde el primer momento que entré en contacto con ellos. Les doté de vida propia: podía tocarlos, nombrarlos, tenían carácter y personalidad diferentes y se me escurrían como el agua entre los dedos. Me bastaba una tiza en la mano para cubrir con sus gráficos desde las patas de una mesa o una cómoda, hasta cualquier superficie horizontal o vertical que encontrase a mi paso. El poder y liderazgo del uno, la fiereza y valentía del siete, las bromas del cuatro, y la inteligencia del nueve, me servían para crear batallas entre legiones de uno y otro bando e interminbles diálogos que me absorvían por completo. Con esto no quiero decir que se me diesen bien las matemáticas, al contrario, lo que hice fué personalizarlos y dotarlos de una realidad palpable. Venir a mí – al Javi de entonces – con el cuento de “te voy a poner un problema a ver si sabes la solución: en una cesta hay diez panes a repartir entre cinco o le quitamos ocho ¿cúantos quedan?” me dejaba absolutamente indiferente. Creo que en una ocasión llegué incluso a decir: ¿Y dónde está el problema? mi reacción habría sido muy diferente si me hubiesen dicho que una familia sin nada qué comer encuentran una cesta con panes y unos bandidos le asaltan y roban, etc etc.. seguro que los números hubiesen venido a mi auxilio y resuelto el asunto con justicia.

Con estos preliminares, es de suponer que mi relación con los profesores y compañeros de la madrasa no fué nunca fácil ni cómoda. Algunos de aquellos niños que para asistir a clase tenían que recorrer a diario varios kilómetros desde sus poblados y aldeas,- muchos de ellos descalzos y sin que el uniforme de la escuela lograse disimular apenas la extrema miseria en la que vivían –  me observaban entre perplejos y curiosos. Algunos olían a humo de leña,  tierra y adobe, a esa impregnación que dejan por contacto las glándulas animales. Las niñas, en cambio, – sólo eran cuatro o cinco- desprendían un aroma bien distinto: sus madres lustraban sus cabellos con henna y un ungüento casero donde se podía distinguir claramente la fragancia de los cítricos junto al clavo de olor y la canela. En primavera, los que venían campo a través desde sus aldeas, traían desde la cintura a los pies una fina capa de pólen adherida a sus ropas, cuadernos y manos. Una nube de polvo amarillo quedaba suspendida en el aire sobre nuestras cabecitas, al tiempo que entre estornudos y abnegado respeto, recitábamos versículos del Corán.

El profesor de árabeque también se empeñaba en dar matemáticas no sabía qué hacer conmigo. Entre que nunca consiguió arrancarme una sola palabra, y que por mi parte cerraba los ojos y agachaba la cabeza cada vez que se dirigía a mí para preguntarme algo, su desaliento y frustración iban en aumento. He de señalar que este hombre tenía la maldita costumbre de escribir la primera palabra de una frase mucho más pequeña que el resto que le seguían. Se acercaba mucho a la pizarra para escribir la primera palabra y luego se iba alejando para continuar con las demás que iban creciendo y creciendo. A veces, se colocaba unas gafas pero el resultado era mucho peor y no lográbamos identificar ningún arabesco. Con los números le sucedía exactamente lo mismo. El primer número de una suma, resta, etc… lo hacía muy pequeño en comparación al resto. Un día me sacó a la pizarra para resolver una sencilla operación de restar un número de otro. No hubo manera de convencerme. Le desquiciaba al pobre hombre comprobar que en el cuaderno lo hacía bien pero en el encerado, por la expresión de mi cara, parecía darle a entender que aquello que me pedía era algo imposible de resolver. Fué en busca del director del colegio, mientras, permanecí de pie frente a la pizarra.

– Lo he intentado todo con este niño. Sabe perfectamente restar, sumar y todo lo demás, pero hay  veces que se vuelve rebelde y parece no entender nada.

– ¿Usted le ha explicado en qué consiste la operación matemática?- preguntó el director.

– Desde luego, una infinidad de veces. Hay momentos que sí lo entiende y otros que se bloquea.

Para mostrar su rabia y frustración ante el director – yo entendía perfectamente el diálogo entre ellos a pesar de mi silencio – borró con la manga de su uniforme los números que estaban escritos. Cogió de nuevo la tiza y volvió a escribir otra resta.

Mientras lo hacía me desplacé hacia su hombro izquierdo y comprobé que seguía con su maldita costumbre de escribir el primer número mucho más pequeño que el que le seguía. El director me observó detenidamente y me preguntó:

– ¿Se puede restar una cantidad de otra?

Asentí con la cabeza.

– Y en la pizarra ahora  ¿se podría hacer?

– Lah , le respondí rotundo.

– Yo tampoco podría hacerlo – me dijo para mi sorpresa – Para restar un número de otro, el primero

tiene que ser mayor, más grande, ¿verdad?

Asentí de nuevo.

– ¿Puedes hacerlo tú mismo para que yo me entere?

Cogí la tiza y escribí un hermoso 5 panzudo y glotón que tras la dentellada del hambriento 3, produjo

como resultado un simpático 2 sacudiéndose el polvo de tiza de sus alas.

El director estalló en sonoras carcajadas.

– Póngase en la lógica de un niño de 5 años. Sabe que para restar, el primero debe ser mayor y usted lo escribe justo al contrario. Entiende la cantidad pero es capaz de ver al número “con vida” algo que usted y yo, ya no podemos hacer.

Y se marchó del aula dejando el rastro de sus carcajadas. El episodio no le gustó nada a mi profesor que se lo tomó como una afrenta por mi parte para dejarle en ridículo frente al director y el resto de la clase. No volvió a preguntarme nada a partir de ese día y me trasladó a un pupitre apartado al pie de una ventana del lateral izquierdo. En el alero, una pareja de gorriones habían construído un nido. A los pocos días ví aparecer las cabecitas de los dos polluelos y sus hambrientos picos amarillos. Me pasaba las horas sin poder apartar la vista de ese lugar. La gorriona, – quizá por ser madre primeriza y por lo tanto inexperta, o por otro motivo-  alimentaba a una cría más que a la otra. Así pues, pronto se despertó el instinto cainita del hermano mayor que entre picotazos y aleteos trataba de arrojar del nido al más débil y desfavorecido. Esto sí que era una resta en toda regla. Una lección que nos ofrece la vida para la que  no es fácil hallar respuestas. Me levanté de mi asiento incapaz de soportar mi angustia al ver que el polluelo más pequeño pronto acabaría precipitándose al vacío. El profesor abandonó su mesa y se dirigió hacia mí en clara actitud de represalia. Me habló en francés:

– Así es como pierdes el tiempo ¿verdad? sin prestar atención a nada que de lo que explico en clase.

Abrió la ventana y ví cómo intentaba de un manotazo desprender el nido del alero. Le sujeté el brazo y tiré de él hacia mí con todas mis fuerzas. Es sorprendente la reacción que podemos tener en determinadas circunstancias.. ese niño que evitaba hablar a toda costa con casi nadie, de repente, sujetando aún el brazo del profesor decide recitar con perfecto ritmo y entonación, cuatro versículos de una de las Suras  del Corán. El profesor empalideció por completo. Se quitó las gafas y entre lágrimas le escuche decir:

– Allahu – Akbar

Con su ayuda y las migas de pan que tanto él  como yo llevábamos en los bolsillos, logramos que el pequeño desfavorecido cogiese fuerzas para sus primeras lecciones de vuelo.

Restar no es una operación tan facil como pueda parecer a simple vista, sobre todo, si mirando a nuestro alrededor y ante una balanza, reclamamos justicia igual para todos. Recuerdo la mano de ese profesor sobre mi hombro y su mirada miope queriéndome decir: sumamos y restamos unos de otros del mismo modo que nos hacemos fuertes o nos hacemos miserables. Al fin y al cabo, la cantidad de esfuerzo es el mismo.

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RECUERDO ENCRIPTADO

El caballo es la belleza al desnudo, nació desnudo. Es la perfección de sus líneas y volúmenes lo que le hace parecer aún más desnudo, libre e indomable. Y fué el galope salvaje de un caballo quien despertó a Adán en la primera mañana del mundo con el trotar cadencioso de unos cascos sobre la hierba fresca y húmeda del paraíso. El sexo aún dormido del recién creado era como un niño que no sabía aún mentir ante el padre. No se puede mentir sobre lo que no se conoce y la forma del caballo contiene todo cuanto de divino le falta al ser humano. Aquel primer hombre quiso ser caballo – así se lo hubiese pedido yo al creador – antes de vencerle el sueño y la ignorancia. Un caballo dentro de mí se agita como el dibujo prehistórico de este animal en una gruta. Sólo cuando veo a otro caballo dibujado en el muro que con la luz trémola de una hoguera parece cobrar vida.. el mío revive y se inquieta. Pero tiene que ser un caballo alfa.

Es un lenguaje que sólo yo conozco. Tu piel junto a mi piel, sin signos ni alfabetos, eso es lenguaje.

Cuando era niño y vivíamos en África, mi padre nos trajo un caballo. Apenas se dejó domesticar pues con sólo agitar su salvaje cabellera nos recordaba a todos que su naturaleza rifeña era rebelde e indómita. Mi caballo no veía. Tal vez una furia incontrolada en su galope le hizo perder los ojos en las ramas profundas de la Gabba. Siempre alerta al menor rumor provocado por el viento en las hojas, al ululú de los chacales, a mis pasos y a mi manita temblorosa, mi caballo veía de alguna forma misteriosa.. veía fuera de sí lo que estaba dibujado dentro de sí, en esa gruta donde se crean y toman cuerpo y forma las palabras. Yo me relacioné de modo perfecto con mi caballo ciego. Me acuerdo de mí, niño, montado sobre su grupa o de pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su agreste crin salvaje. Me sentía como si algo mío nos mirase de lejos. Son las miradas de “los otros” las que, finalmente, dan realidad a nuestros actos y emociones como las fotos que nos hizo mi madre con su polaroid. Así: “el niño y el caballo. Norte de África”.

Algunas noches era como un asombro en la oscuridad, un relincho de súbita cólera nos advertía. Me despertaba sobresaltado de la cama y me asomaba por la ventana que daba al cobertizo. Podía ver el aliento azul que salía de los ollares trémulos de mi caballo en esas madrugadas frías del Magreb. Me hubiese gustado nacer caballo porque más fácilmente hubiese encontrado lo que tanto necesitaba. Por los signos y por la pureza de las formas. Me hubiese gustado haber conocido a Marcus y corretear ambos en pos de mi caballo salvaje por la vastedad de la pampa argentina… Marcus sabe de animales, de tormentas y  lluvias. Otra vez hablo de lenguaje que sólo mi dedo escribe sobre tu piel con signos de escalofrío.

Mi caballo se volvió agresivo y violento con todos excepto conmigo. Mi caballo ciego asumió su vida y su arco de lluvia bajo ese sol africano. Un día desapareció. Agradezco a mis padres que no me mintieran con falsas excusas y cuentos estúpidos. Al igual que yo estaba llamado al sacrificio. Yo sabía que mi caballo era “peligroso” pero igualmente supe desde entonces que todo ser humano, al igual que un equino, es salvaje y arisco cuando manos inseguras le tocan.

¿NO TE ARREPENTIRÁS?

 Me tenía sujeto aún con el brazo alrededor del cuello y tendido sobre la hierba cuando por fin me liberó. De algún modo yo sabía que acabaríamos enrollados porque horas antes “ lo vi escrito” en sus ojos cuando nos cruzamos varias veces en aquel local de copas cerca del Paseo Colón. Tendría que haber sabido que cuando un puto esclavo como yo tropieza con un verdadero macho alpha, nunca debe coquetear con él y menos aún encenderlo, porque te expones a lo imprevisible y nunca sabes qué te puede suceder. Es una lección que aprendí para los restos. Pero ¿cómo vencer la fuerte atracción que desprenden sus hormonas cuando pasa a mi lado y clava en mi su mirada? si no huyo a tiempo y permanezco en su territorio sé muy bien a lo que me expongo.

Eran ya las cuatro de la madrugada cuando mis amigos propusieron trasladarnos a un bareto al otro lado del puente: Triana. Apoyado en el otro extremo de la barra al percatarse de nuestros planes, me dedicó un guiño cómplice y colocando el vaso de cubata sobre su paquete apuntó en dirección a mí con un ligero balanceo de sus piernas. Aquel gesto suyo me paralizó en seco anulando mi voluntad porque lo interpreté como un “ ven y acércate, no te vayas”. No apartó la vista de mí en ningún momento hasta que me las ingenié como pude para enfrentarme a las insistencias de mis amigos que no entendían los motivos ni excusas que les daba para no acompañarles al otro sitio.

–  Javi ¿has ligado? ¿te gusta alguien? dílo claro y ya está. 

– ¿Ligar? ¡qué dices! para nada. Sólo que quiero quedarme aquí un poco más escuchando música y tomando el fresquito mientras acabo mi copa. De verdad, Dito, no me apetece nada meterme ahora en un local cerrado.

– Vale, tú mismo. Mañana te doy un toque ¿Ok? o mejor, cuando lleguemos  te mando un guassap por si cambias de opinión.

Él tampoco estaba solo. Le acompañaban un grupo compuesto por dos chicas y tres o cuatro tíos en animada charla salpicada de continuas carcajadas. Cuando me quedé solo no me atreví a acercarme a la barra para pedir otra copa, su mirada me paralizaba por completo… por un instante hasta pensé en salir huyendo de allí pero volvió a hacerme la misma señal del vaso apoyado en su entrepierna  indicándome que me acercase hasta él. 

– No se puede ser tan cortao en esta vida. Anda, invítame a un Legendario-cola ¿Y a ti qué te pido?

– Igual, lo mismo que tú.

En su cercanía, lo primero que me cautivó fue su voz, transmitía esa seguridad en sí mismo propia del macho dominante que sabe seducir con la mirada, con la manera de moverse y sonreír, y convencido de su poder de atracción. Sin ser especialmente guapo, ni refinado en su forma de vestir y modo de expresarse, me resultaba muy atractivo porque no había nada sofisticado en él, no necesitaba de ninguna táctica ni arma de seducción porque su sola presencia bastaba para que sus “víctimas” sucumbiésemos a sus encantos.

– ¿Qué edad tienes……?

– Javi, me llamo javier. Tengo 19 años. (Esto sucedió un verano hace dos años)

– Joder, pero si eres un bebito, Javi jajjajaj… yo en cambio tengo ya 26 tacos. Oye, ¿de verdad, eres tan tímido como aparentas? 

Me echó el brazo al cuello y me acercó al grupo de amigos que continuaban en animada reunión, algunos de ellos, un tanto pasados de alcohol. Soy muy sensible al contacto físico por eso procuro siempre que puedo mantenerme a salvo de “los otros”, pero cuando un dominante se percata de mi “debilidad” invade mi espacio y derriba todas mis defensas. Al echarme el brazo sombre mi hombro percibí su olor, el volumen de su bíceps, la presión de sus dedos..  y fue precisamente esa leve presión de los dedos de su mano derecha los encargados de transmitirme el mensaje: “tranquilo, estás conmigo. Yo te protejo”.

– Este es Javi, el hermano pequeño de un colega mío del curro. Aunque parece guiri es un sevillanito como nosotros, pero más cortao que el carajo de un moro.

Tras la presentación me integré como pude en la reunión y empecé a charlar con las chicas que no paraban de hacerme todo tipo de preguntas relacionadas con donde vivía, qué estudiaba, qué música me molaba, etc… llegué incluso a arrancarme a bailotear un tema que nos gustaba a una de ellas y a mí. Noté que él me observaba continuamente y me dio la impresión de estar como poniéndome a prueba antes de rematar su conquista. Sin embargo, por mi parte hacía ya más de una hora que me había rendido por completo a su persona.

Cuando apuramos las bebidas volvió a echarme el brazo al hombro y se despidió de sus amigos.

– Voy a acompañar al niño a su casa. ¿Nos vemos luego en el Antique?

Su coche no estaba aparcado lejos de allí pero decidió que diésemos un paseo para despejarnos un poco de los vapores etílicos. Al llegar a un tramo bastante estrecho del paseo, cruzó por delante de mí y …. me encantó ver ese modo de andar seguro de sí mismo, el balanceo de su hermoso cuerpo insinuándose bajo la tela de la camisa y los vaqueros, el nacimiento del pelo rapado en la nuca, su cuello robusto y viril sobre unas espaldas amplias y bien formadas. Tenía las orejitas un poco despegadas de las sienes , un rasgo que me inspiraba ternura y morbo al mismo tiempo. Cuando llegamos a otro tramo del paseo me invitó esta vez a que fuera yo quien caminase por delante de él.  Ahora era su turno: Casi podía sentir en mi espalda como clavaba su vista en cada parte de mi cuerpo, giré un momento la cabeza y le sorprendí mirándome descaradamente el culo.

Cuando llegamos a la altura de San Telmo, al pie del puente, me soltó de repente:

– ¿Has follado alguna vez con un tío? Dime la verdad.

Negué con la cabeza. No sé por qué le mentí, sinceramente, no lo sé; tal vez por miedo a decepcionarle o por si me rechazaba.. no lo sé. En verdad, yo me había iniciado sexualmente a la temprana edad de los 9 años con mi hermano y luego, tres años más tarde, con J.V en el tema de la dominación y sumisión. Pero sí es cierto que nunca antes había ligado con un tío de esa manera, y menos aún, irme con un desconocido. Durante el paseo me dejó claro que a él le iban las tías, que hacía relativamente poco tiempo que había cortado con una chica tras cinco años de relación, y que no tenía ninguna razón para mentir ni engañar respecto a su orientación sexual. Obviamente yo me preguntaba qué pintaba yo y dónde nos conducía todo esto ¿por qué se había fijado en mí? La respuesta no tardó en llegar.

– Follo con tíos por pasta. Te lo digo así de claro. ¿Tienes 50 euros para pillar medio gramo?

Me acompañó al cajero y sacamos 80 euros con mi tarjeta y me ordenó que le esperase en un lugar que me indicó. Tuve miedo de que me abandonara y desapareciese sin más.

– No te muevas de ahí, vuelvo enseguida.

No tardó ni veinte minutos en regresar y conducirme a un lugar apartado del parque de El Alamillo. Tras hacerse una raya y encender un “mojaíto”, se desabrochó la bragueta de los vaqueros:

– Aquí tienes lo que estás deseando. Pon a trabajar tu boquita.

Empecé a hacerle una buena mamada intentando calmar mi ansiedad con los movimientos de succión, relajar las mandíbulas y abrir lo más posible la garganta para dar cabida al pollón que tenía ante mis ojos. Se bajó los vaqueros hasta los muslos separando sus piernas con la clara intención de que le chupase los huevos. Eran grandes y ovalados, se podían lamer, besar y chupar perfectamente, uno a uno, bajo la bolsa del escroto. Con una de sus manos apretó mi cabeza para que engullera del todo sus abultados cojones. Sentí como deslizaba una de sus manos por de mis vaqueros para apretar mis nalgas y acariciar mi ojete con sus dedos. Se incorporó y me tendió sobre la hierba.. le noté claramente excitado. A continuación, me levantó la camiseta a la altura del cuello para sobarme y pellizcarme las tetillas,. cuando comenzó a lamer y mordisquear mis pezones, permití que su cintura y caderas se fueran posicionando entre mis piernas. Le tenía tendido completamente sobre mí con su respiración al oído y clavando sus dientes en mi cuello. Me desnudó del todo y sentí su polla refregarse entre mis muslos…. a continuación, escupió en su mano para lubricar el enorme cilindro de carne duro y erecto como una espada.

– De verdad vas a dejarme que te folle como a una tía? ¿Seguro que no te vas a poner a gritar como una maricona? Te advierto que yo sólo sé follar como un macho dando caña de la buena. El coño de la mayoría de las tías están preparados para que les entre una polla – da igual el tamaño – incluso un cacho polla como la mía. Ya has comprobado que tengo un buen carajo y yo también he visto que tienes un culo que me pone a cien. Tío ¿sabes lo que te digo?  que lo que de verdad me pone burraco perdido es reventar un culito, follarme un coño estrechito y cerrado como el que tú tienes. ¿Estás decidido o no?. Te soy sincero, illo … Yo soy un tío muy dominante al que le excita mogollón la violación anal, emplear la violencia y forzar a quien se me resiste hasta que someterlo y violarlo. Hazte a la idea de que el dolor va a ser intenso, vas a gritar, suplicar y llorar como una putita pero no te voy a soltar porque verte llorando y asustado me pone y excita muchísimo más.

Intenté cerrar los ojos, pero tras abofetearme y sujetarme con fuerza la cara con la mano me obligó a mirarle. Él quería ver en todo momento en mis ojos la mirada de un puto esclavo sumiso rendido a su voluntad, forzarme a su antojo, gozar sintiendo mi respiración presa del pánico y ese gesto reflejo de empujar sus abdominales con mi mano al notar el inicio de su brutal penetración.

– Te advierto que esto es sólo el capullo, la cabeza de mi polla ni siquiera ha entrado. Así que ve preparándote para la follada a la que te voy a someter.

Cuando entró una, dos pulgadas de espesor de aquel pedazo de carne apenas pude respirar, el dolor era insoportable. Él me tapó la boca y se volvió aún más dominante y sádico.

– Así es como un macho se folla una tía ¿es lo que te gusta, no? Relájate chaval, no estás acostumbrado a tener un macho dentro de ti, respira… Así es como yo me follo el coño de una tía hundiendo y sacando a tope el pollón que ahora tú tienes dentro. Es todo tuyo, ¡Me cago en Dios! hazme saber que te mueres de gusto cuando te estoy follando. Así, así… esas contracciones son la prueba que estás gozando ¿Verdad que disfrutas como una tía cuando un semental como yo te está violando a la fuerza?

 Yo estaba llegando casi a la asfixia, me tenía estrangulado con sus manos sin dejarme respirar. Le supliqué con lágrimas que no podía más..  me faltaba el aire y estaba a punto de perder el conocimiento. Pero él continuó hasta llevarme al límite, hasta que mi rostro se amorató y el corazón me aleteaba con furia en la agonía. Vi sus ojos clavados en los míos invadidos por el pánico y el terror; él en cambio disfrutaba con el dolor que me producían sus salvajes embestidas y con los estertores de mi pecho por la falta de aire … hasta que sentí claramente brotar uno a uno los chorros de esperma en mis adentros y cómo vaciaba del todo el contenido íntegro de sus abultados huevos.

– Tranquilo, tranquilo….respira chaval. Lo que te ocurre es que nunca antes habías tenido la polla de un hombre dentro de ti, y nadie antes que yo te había follado del modo que tu naturaleza te pide a gritos.

Cuando me liberó del estrangulamiento fue como emerger a la superficie del mar y regresar de nuevo a la vida… y estoy seguro que esa liberación tras la angustia y terror que pasé anteriormente, la que me condujo a un orgasmo intenso y profundo que provenía de mi interior, de mis entrañas inundadas de leche. Él se sacó la polla aún erecta y cubierta de semen por unos instantes para volverla a meter de nuevo en mi dolorido ojete y ayudarme a correrme por completo.

– Me pone muchísimo como se te colorean los mofletes en esa piel tan blanca y suave que tienes.. y esos putos ojos, cabronazo, esos ojos que me vuelven loco. Hueles de puta madre, pero no me digas qué perfume usas. Quiero que sea un secreto.

 

ATRÉVETE, SI PUEDES

Un día el-moi (el artículo es otro de sus hermosos apéndices) y yo fuimos a comer. El primer plato me gustó, pero con el segundo, que era congrio guisado, tuvimos problemas. Era la parte cerrada del congrio y ya se sabe que esa parte está llena de espinas. Claro, no pudimos tomarlo. Las espinas lo llenaban todo caóticamente, y cada bocado exigía una labor interminable de selección que acababa con nuestra paciencia. Yo disfrutaba mirándole. Sabía que las espinas eran una de las manías de mi acompañante, y que le bastaba con localizar una en el interior de su boca para palidecer en público. Lo que más me fastidiaba era que por una tacañería suya – esa parte del congrio es mucho más barata que la otra, dijo – nos estuviera amargando la comida.

– Atrévete si puedes, le reté.

Me vió rebullirme en la silla y, como me conocía, trató de quitar hierro al asunto. La sola idea de que pudiese llamar al camarero y armarle una bronca por ese pez lleno del alfileres me ponía los pelos de punta. Hizo el ademán de llamarle.

– ¿No serás capaz de formar el numerito? por favor… le supliqué en voz baja.

El sabe muy bien que soy una de esas personas que por pura delicadeza podría renunciar a vivir. “¿Te imaginas, dije con intención de distraerle, que también las bocas en los besos pudieran tener espinas como las de los pescados?” Su fantasía se desbordó. Le hablé de esas escenas tan terribles como cómicas, en medio de su entusiasmo creciente, hasta que logré que se olvidase del congrio. Era yo quien estaba ahora en su plato. No había conocido a nadie como yo con un poder así. Soy capaz no sólo de resolver sobre la marcha todo tipo de situaciones, sino de referirme a ellas como si fueran naturales, y se dieran en continuidad con los hechos del mundo. Si hubiese tenido un lápiz a mano – me encanta dibujar – le hubiese trazado allí mismo una rama, y estoy seguro que esa rama habría terminado por florecer sobre el mantel, por llenarse de pájaros, por confundirse con las ramas de los árboles reales. Le hice ver todas esas escenas, de la misma forma que yo estaba viendo su rostro maravilloso, encendido de sorpresa y asombro, mientras se las contaba.

– ¿Te imaginas a los amantes juntando los labios, y dedicados a esa labor sutilísima de retirarse de la boca las espinas impertinentes? le sugerí. He aprendido que en el mundo hay amantes burdamente espinosos, como nuestro congrio, y otros cuyos labios son como la carne blanca de la merluza.

– ¿Y a qué grupo perteneces tú? me preguntó con una pícara sonrisa.

– Mis besos son como un platito de angulas. Se abren en el interior de la boca, inician por ella el largo y oscuro viaje a las profundidades acuosas. Tienen que ver con el océano, con ese viaje indescifrable hacia el remoto mar de los sargazos. Besarme es como estar nadando con ellas, como viajar por el interior del agua formando parte del decidido grupo, en medio de una fogosa y gozosa migración de deseos…

– No quiero cortarte el rollo, Javi, pero no eres mi novia. Y es una putada que no seas una tía, lo sé, porque serías “la perfecta casada” jajjajjajaj…siempre discreta, sabiendo estar en tu sitio, sabiendo qué decir en todo momento sin perder la compostura ni el encanto, se puede presumir de ti en público, etc, etc.. pero illo, en verdad no eres más que un puto maricón a mi servicio.


Llegó el camarero a servir al comensal de al lado un plato de congrio como el que nos había servido a nosotros. Nos entró la risa, y nos dispusimos a ver cómo se las arreglaba en aquel difícil menester. Cogió el primer trozo de congrio se lo metió en la boca y, ante nuestro asombro, se lo tragó sin pestañear, extrayendo una única espina. De vez en cuando se veía que tropezaba con algo. Entonces cogía un gran trozo de pan y se lo engullía a la vez que el congrio, las espinas y los guisantes. No dábamos crédito a lo que veíamos.

– Mira, me dijo sonriendo, uno de tus amantes espinosos.

EL HERMANO CLAUDIO (2)

CUANDO SE ENCIENDEN LAS VELAS…

“Al Moi” (así llaman en mi barrio al alpha con el que estuve hace 2 años) le excitaba muchísimo que le hablase de los episodios de maltrato y abusos sexuales que recibí en el colegio de Los maristas. En el post anterior relaté cómo fue el inicio de mi encuentro con el hermano Claudio a mis doce años. Ya sé que “mis confesiones” no siguen un orden cronólogico en relación a mis experiencias con los machos dominantes (algunos realmente sádicos) que me han convertido en el esclavo sumiso que soy en la actualidad. Mientras escribo doy rienda suelta a lo que he vivido de manera espontánea y aleatoria tal y como lo hago con mi psiquiatra y la psicóloga clínica cuando acudo regularmente a sus consultas.

El hermano Claudio tras aquel episodio en la sala de deportes, se las ingenió para encontrar el lugar apropiado para nuestras citas: la sacristía. Estaba situada detrás de la capilla del colegio y se accedía a ella por un pasillo angosto y resguardado de miradas y visitas imprevistas. Con la excusa de adoctrinarme en la liturgia como ayudante en los oficios de misa, cerraba la puerta con llave para que nadie nos importunase. Con él empecé a experimentar lo que un esclavo puede llegar a sentir cuando se encienden las velas… de hecho, tras varios ensayos, encontró unas de parafina que me producían dolor pero sin llegar a quemar del todo mi delicada piel infantil. En la pequeña habitación donde se guardaban los hábitos y objetos litúrgicos había un sillón de cuero con un reclinatorio, y justo encima, la figura del fundador de la orden (Marcelino Champagnat) iluminado tenuamente por dos tulipas. El ritual comenzaba con pequeños juegos, cosquillas, cachetes y caricias para romper el hielo; a continuación se sentaba en el sillón, me obligaba a arrodillarme a sus pies y a extender mis manitas juntas a modo de ofrenda. Con la mano que sostenía la vela iba vertiendo poco a poco pequeños goterones de cera en mis palmas, y con la otra mano me tapaba la boca para nadie nos oyese. La parafina al cuajar, formaba una costra que lejos de enfriarse, aumentaba de temperatura proporcionándome un dolor punzante e insoportable. Apoyando mi cabeza en sus rodillas le rogaba que parase, que me perdonase… pero mis súplicas y lágrimas no hacían más que aumentase considerablemente aquel bulto bajo la sotana. Aún no le había visto desnudo ni tampoco me había enseñado su polla, eso ocurriría más adelante cuando ganó mi total confianza y supo que podía abusar de mí como y cuando quisiera. Hasta entonces se limitaba a manosearme todo el cuerpo, a refregarse contra mí, y a hundirme entre sus piernas en el hueco de la sotana. Yo percibía claramente el grosor y dureza de su verga bajo la tela.. me moría de ganas por ver el tamaño que tendría la polla de un chico de su edad.

Cuando ya había vertido suficiente cera caliente en mis manitas, las introducía bajo la sotana y eyaculaba sobre ellas. El fluido lechoso al enfriarse refrescaba y calmaba el dolor de las quemaduras.

Estos episodios que viví con el hermano Claudio al Moi le provocaban una brutal erección.

– Ya desde pequeño te gustaba ser una putita. Has nacido para hacer disfrutar a los tíos, para servir a los machos que disfrutamos dominando y esclavizando a los maricones sumisos como tú. 

Pero Moi iba mucho más lejos. Separando con sus manos a modo de fórceps las dos mitades de mi culo, localizaba el estrecho y pequeño orificio de mi ojete. Su intención era quemar mis tripas con el líquido ardiente de la vela como anticipo de su propio esperma.

 

EL HERMANO CLAUDIO

Mi relación con J.V. – aunque mayoría de la gente aún no sabía muy bien de qué iba el tema-, poco a poco se fue haciendo pública en la ciudad y en el colegio de los H.H. Maristas donde yo estudiaba. Era mi último curso con ellos ya que al año siguiente pasaría a formar parte del grupo de mediana edad en otro colegio situado a 150 metros del primero.

El hermano Claudio era el profesor encargado de impartir Educación física y el entrenador del equipo de fútbol de los Maristas. Era moreno, atractivo y de complexión atlética, pero lo que más destacaba en él aparte de unos inmensos ojos negros era su carácter jovial, su porte masculino, y una entusiasta afición por los todos deportes en general y el fútbol en particular. Era un verdadero líder para nosotros que veíamos en él un modelo a seguir. Nuestras madres y el resto de las chicas de la colonia europea no tardaron en comentar lo atractivo y encantador que era el joven hermano Marista. Mis compañeros de clase también le adoraban porque podían comentar con él el desarrollo de la liga de fútbol europea y discutir sobre las excelencias de los equipos favoritos de unos y otros. El hermano Claudio (al igual que el resto de los profesores) durante el horario de clases vestía con ropa sobria y discreta, pero para sus clases y entrenamientos se ponía un chándal gris claro.

Despeinado y con ese atuendo deportivo, parecía más joven aunque no debía tener más de 25 años. La primera media hora la dedicaba a ejercicios de gimnasia, aparatos de saltos, etc y el resto del tiempo a atletismo. Se colocaba frente a nosotros dispuestos en semicírculo para que repitiésemos con él la tabla de ejercicios. Me resultaba imposible apartar la vista de su entrepierna ya que bajo el chándal se le insinuaba perfectamente el volumen de sus genitales. Era algo espectacular, imposible no reparar en ello. Incluso mis compañeros de curso ( que ya empezaban a ejercer y alardear de machitos) hacían comentarios al respecto: “Vaya paquetón que tiene el hermano Claudio” decía uno, “el otro día cuando se sentó en el banco para amarrarse los cordones de las zapas cuando encogió una pierna, le vi por debajo de la calzona un huevo que era así de grande” comentó otro que mascaba chicle, y tras hacer una pompa exclamó: “ Os lo juro por mi madre que era así de grande”.

 

Todos estos comentarios no hicieron más que aumentar mi interés y atracción sexual por el hermano Claudio aunque por mi parte tenía muy claro que yo pertenecía en cuerpo y alma a J.V. Tanto mis compañeros de curso como los chicos mayores del otro colegio ya sospechaban de nuestra relación; de algún modo se había corrido la voz por la ciudad que yo era uno de ésos “que se dejaban” de los que la chupaba y se dejaba dar por el culo.

– Javi, ten cuidado. Como te pille el hermano Claudio a solas y le pongas cachondo, con el pollón que debe tener seguro que te parte ese culito que tienes y te lo destroza. – Bromeaban los chicos a mi costa.

Tengo que aclarar que tanto mi comportamiento, gestos, y modales no eran ni han sido nunca afeminados ni delicados. Mi aspecto en nada difería del resto de los niños de mi edad exceptuando que a causa de mi origen holandés (por vía materna) era muy rubio, tez blanca con ojos claros, delgado aunque bien proporcionado y sin nada de vello en el cuerpo. Eso sí, era muy tímido, vergonzoso, y bastante reservado. Cuando comenzó mi relación con J.V me volví aún más distante y desconfiado con los demás chicos que para ofenderme y humillarme me llamaban “el chico de la voz rubia (cantaba en el coro) y con el mejor culito de la escuela”.

 

El hermano Claudio que representaba para mí y el resto de los alumnos un ejemplo de virilidad tanto por sus gestos, manera de andar, y cuerpo atlético, así como por su facilidad para el deporte, no tardó en reparar sobre mi personita.

– Javi Dubois., no eres mal deportista, pero podrías dar mucho más de ti si te esforzaras lo suficiente. Tienes buena constitución aunque todavía no has empezado el desarrollo, pero seguro que cuando des el estirón dejas al resto de tus compañeros por debajo de tus hombros. Tu madre y hermana mayor son altas, y tu padre también. No juegas mal de defensa pero te falta, además de confianza en ti mismo, que le eches más garra y seas más competitivo. Ah, y una cosa quería decirte: no te conviene andar con chicos mayores del otro colegio porque aún eres muy niño para relacionarte con ellos.

Por la forma en la que me miró mientras me hablaba, me hizo pensar que “sabía o sospechaba algo” de mi relación con J.V. o tal vez, se había dado cuenta de la forma tan descarada con la que le miraba el paquete durante las clases de educación física, el modo con el que sus enormes bolas se movían y rebotaban dentro del chándal en cada uno de los ejercicios. Los días lluviosos y de mucho frío, cambiábamos el  enorme campo de fútlbol por el salón de deportes. Con el fin de hacer más dura la disciplina deportiva y conseguir mejores resultados, los alumnos en complicidad con el hermano Claudio, establecieron una tabla de castigos para los más torpes, tantas flexiones de brazos por tal prueba no superada, carreras alrededor de la sala por no saltar la mínima marca estipulada, etc.. hasta llegar al castigo que se consideraba más duro: 15 azotes si aún no se superaba el mínimo exigido, y 15 azotes más a calzón bajado si el alumno se rendía y abandonaba la prueba.

Al principio, los azotes tenían bastante de pantomima, el hermano Claudio apenas empleaba fuerza alguna, y servían más para hacer reír que como verdadero castigo. Para mí, en cambio, aquella situación lejos de hacerme reír me excitaba enormemente cuando el profesor de gimnasia se sentaba y colocaba sobre sus rodillas a un alumno torpe y empezaba a azotarle el culo. Algo dentro de mí despertaba ese ardor sexual que ya había experimentado anteriormente con mi macho dominante, pero ver la escena desde fuera y ser testigo directo del castigo sobre alguien que no fuera yo, me hacía temblar de miedo y me provocaba placer al mismo tiempo.

Los ejercicios físicos que requerían contacto físico y la ayuda de un compañero para realizarlos, me resultaban incómodos y desagradables, y para colmo de mi desgracia, aquella mañana me tocó un compañero al que detestaba por las continuas ofensas y bromas que me gastaba a diario. Me negué en rotundo y me aparté del grupo.

– Javi, regresa a tu sitio y continúa con los ejercicios. No te puedes saltar la clase por simple capricho. ¿Qué te pasa?

Negué con la cabeza y me dirigí a una esquina de la sala. No quise explicar el motivo para no quedar como un chivato ante los demás.

– Si continúas con esa actitud soberbia tendré que castigarte.

Mis compañeros empezaron a aplaudir y alentaron al hermano Claudio a que aplicase en consecuencia el castigo estipulado. Me condujeron al entarimado donde estaban las sillas junto a las espalderas y colchonetas. Él se sentó en una de ellas y me tumbó sobre sus rodillas. Primero me azotó con la palma abierta de una de sus manos.

– ¿Qué has decidido, Javi? ¿Te incorporas o no al grupo de tus compañeros?

Continué negando con la cabeza.

Le pasaron una vara y continuó azotándome. Entonces sí, mis nalgas comenzaron a calentarse… el dolor aún no era muy intenso, (yo ya estaba acostumbrado a recibir golpes aunque J.V. era mucho más cruel y despiadado) cuando uno de los chicos exclamó:

– Profe, Javi está haciendo trampas. Está apretando el culo y protegiéndose con las manos bajo el pantalón.

El hermano Claudio me bajó primero el short de deporte y a continuación mis calzoncillos blancos hasta dejar al descubierto mis nalgas enrojecidas por los azotes. Oí a mis compañeros gritar eufóricos al ver mi culito desnudo e indefenso. Por algún motivo la visión de mis redondos glúteos contribuyó a que mi verdigo aumentara la intensidad de los cachetes. A partir de ese momento el dolor se hizo más agudo, me agarré a uno de sus muslos y aplasté la cara en uno de ellos para ahogar mis gemidos. Alternaba para los azotes tanto la vara como su mano izquierda puesto que era zurdo –  ¿vas a continuar empeñado en tu soberbia?

No respondí. Tumbado sobre sus piernas, arqueaba la espalda cada vez que me azotaba… aferrado a uno de sus muslos, noté claramente sobre mi vientre aumentar su abultado paquete hasta que su pollón alcanzó un poderosa erección.

– Está bien, vamos a parar porque como siga no vas a poder sentarte durante todo el día. Y vosotros dejad de reír, se acabó la clase por hoy. Y a usted, señorito Dubois le voy a dar un masaje para que no le queden moratones.

 

Con las dos manos manoseó mis nalgas como quien trabaja una masa de pan, hundiendo los nudillos en ellas, estirando los músculos y abriendo las dos mitades de mi dolorido culete. Al ver el rosado y estrecho agujerito entre los dos hemisferios de mi culo, noté que su erección se hacía aún más fuerte y poderosa.. disimuladamente deslizó uno de sus dedos por la hendidura de mis nalgas hasta rozar el pequeño y apretado orificio Tenía las manos húmedas por el esfuerzo que empleó en azotarme, una gota de sudor se descolgó de su frente yendo a parar directamente al canal que ardía como un volcán. Sus manos húmedas y ese dedo mojado refrescó mi ojete e hizo que me relajara. Tras una leve presión lo introdujo dentro de mí colocando la mano encima para disimular la penetración. Gemí y me arqueé sobre sus rodillas.. aprovechando que los chicos no miraban en ese momento ( estaban vistiéndose y recogiendo las prendas de deporte), escupió sobre mi ojete e introdujo primero un dedo y luego dos. Agarró una de mis manitas y se la llevó a la entrepierna para que comprobase el tamaño de sus genitales. “¿Te gusta tocármela, verdad? Te aseguro que te van a faltar manos para cogerla entera, pero ya veremos como lo haremos en otra ocasión. Vaya  culo que tienes, chico. Está para lamértelo, follarlo con la lengua y comértelo a bocados.

No me atreví a decir nada

– Bueno, Javi, ya ha sido suficiente castigo por hoy. Levanta y vístete. Sabes que no te conviene decir nada de esto porque con lo que ya sé de ti tienes todas las de perder. Así que esa boquita mantenla bien cerradita ¿de acuerdo?. Ya hablaremos más detenidamente sobre esto. Si eres discreto y confías en mí, ganarás un amigo y un buen protector para que nadie se pase contigo en clase ni te haga daño.

 

Cuando me incorporé, él continuó sentado. Dirigí la mirada descaradamente a su paquete para darle a entender que me había dado cuenta de que había estado empalmado todo el tiempo. Se incorporó un poco del asiento tensando los muslos para que viese una vez más su paquetón; aún la tenía morcillona al tiempo que una mancha (tal vez de líquido preseminal) humedecía su chándal gris de algodón. Me guió un ojo y sonrió diciéndome en voz baja:

– Llevas el diablo en el cuerpo, Javi. Sabes como tentar y poner caliente a un hombre.

PROBAR TUS BESOS

Al principio, (antes de conocer a J.V yo era un niño feliz) nadie de aquella ciudad africana a orillas del río se molestó en distinguirlo de nuestro grupo de chiquillos de apenas diez años. Era uno más que correteaba con nosotros haciendo travesuras y jugando al fútbol. Se llamaba Alban, francés y dos años mayor que yo. Nos parecíamos bastante: Misma estatura, ambos muy delgados y esbeltos, labios y mejillas encendidos y huesos bien proporcionados. Como nuestras madres eran amigas y de la misma nacionalidad decidieron cortarnos el pelo rubio por igual, muy corto, al estilo militar. Éramos dos bichos inseparables, juguetones e imaginativos, que despertaban la curiosidad de los conciudadanos y lugareños. A los dos nos apasionaba nadar, observar a las hormigas y bañarnos de sol para dejar de ser tan blancos. No resultaba nada fácil superar los retos a los que Alban como buen deportista que era nos desafiaba a diario. Pero un día nos sorprendió a todos con una propuesta diferente:

.- Voy a enseñaros a besar, estúpidos.

Y así lo hizo. Sentado en uno de los leones de mármol del jardín de Los Maristas nos fue llamando uno a uno por riguroso orden. Diderot, el chimpancé enjaulado al que unos desalmados marineros españoles enseñaron a fumar y a beber aguardiente, gruñía pidiendo cigarrillos entre saltos y aspavientos. Nos entró la risa, en parte, por el nerviosismo y la excitación que provoca algo nuevo, y por otra, por los gestos obscenos que nos dedicaba el alcohólico simio. Nunca he soportado el olor del anís y cada vez que he tropezado con una de esas botellas con el mono en la etiqueta me ha parecido oír gruñir al pobre Diderot. Alban, en cambio , permanecía absorto y entregado en su faena: Con los ojos semicerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, intentaba analizar y distinguir nuestras salivas. Teníamos para nuestra degustador sabores y aromas a diferentes frutas y alimentos, unos más agradables que otros.

.- Tú sabes a manzana. – Dijo cuando llegó mi turno.

Me ruboricé en extremo porque eso mismo decía mi madre cuando me abrazaba. Por lo tanto ¿Sería cierto que Alban poseía ese don?. Yo hubiese preferido en esos momentos que me hubiese asociado, como al resto de mis compañeros, con un plato más masculino y contundente.. no sé, un guiso de carne, unas lentejas con chorizo o al michoui de los lugareños. Pero me distinguió fatalmente del grupo y eso me dolió porque vinieron todos a olisquear y observar de cerca mis labios. Me alejé contrariado pero él se acercó echándome el brazo por el hombro.

.- No seas tonto, contigo me gusta porque se te pone tiesa. – Lo dijo en francés, en la lengua de nuestras madres (la mía es holandesa) para que sólo yo entendiese el mensaje secreto. Nuestro secreto.

Pronto se convirtió en una de nuestras actividades favoritas. Nos besábamos a todas horas. A escondidas en el jardín de mi padre, en el embarcadero, en el bosque de helechos, en la playa… Alban, era todavía un niño. Delgado como yo y los dos un poco andróginos. Esos ojos verde claro con estrías oscuras, los recuerdo perfectamente de mirarme tanto en ellos.

.- Los tuyos son azules y grises como el océano donde vive mi padre en Canadá. me dijo

 

Yo no sabía donde estaba Canadá exactamente así que me faltó tiempo para consultar el globo terráqueo y preguntarle a mi madre qué clase de océano había en Canadá. “Allí no hay más que osos y lagos. Muchos osos y muchos lagos.” La respuesta de mi madre no me resultó de mucha ayuda. Canadá era muy peligroso.

Y peligrosa se convirtió nuestra amistad para las familias decentes de la ciudad, pues temían que los dos “francesitos” (así llamaban a las familias de padres separados, que vivían a su aire y de mentalidad abierta) no fuéramos una buena influencia para sus hijos. Se habían enterado que nos besábamos y mucho peor aún, que “yo” me besaba con todos. Es el estigma de llevar una manzana en la boca. El hecho de que Alban sólo se relacionase conmigo y que en la playa nuestras madres tomasen el sol semidesnudas y a pecho descubierto no facilitaba en nada las cosas.

Aquel aprendizaje duró un año más. Pero el niño de los ojos verdes y cabello rubio corto como el mío se hizo más exigente y selectivo como probador de besos. Decidió experimentar sólo conmigo para el fastidio de los demás niños que se vieron relegados a observarnos pasivos y contrariados y con ojos hambrientos.

.- Ahora te besaré como si yo fuese un hombre y luego tú me besarás a mí como si fueras una chica.- Fue su nueva propuesta.

Intenté girar la cabeza con expresión de asco pero él me sujetó entre sus manos enérgicamente: “Tienes que aprender más. Eres mi probador favorito. Debes probarlo todo”. Y lo dijo nuevamente en el idioma de nuestras madres resultando así más rotundo y convincente. Me dejé llevar. Vi a mis compañeros observarnos atónitos y en silencio. Fue entonces cuando sus labios adquirieron un sabor y lenguaje nuevos, como un molusco desconocido que aparece en la arena al bajar la marea. Me estremecí con el bailoteo de su lengua. Sus exigencias y variaciones me estaban convirtiendo en un experto aún siendo un niño. Mientras le besaba vi como sus pezones se agrandaban y se volvían turgentes. Se los acaricié. Pero cuando él quiso hacer lo mismo conmigo le aparté la mano. Escuché risas.

.- Escucha pedazo de idiota. Si tú me tocas a mí, yo también te toco a ti ¿entendido? y le dejé hacer.

Yo era su probador y me gustaba serlo. Le oí susurrar en mi oído: “J’adore tes lèvres et tes petits boutons”

 

El curso siguiente lo pasé sin Alban. Tuvo que irse a Canadá para reunirse con su padre y estar un año con él. Se me vino el mundo encima, me deshice en lágrimas..

.- No quiero que vayas ahí. Te comerá un oso o te ahogarás en un lago. Hay muchos osos.

.- No me pasará nada, sé nadar. ¿quién te ha dicho esas tonterías?

.- Mi madre.

.- No todo lo que dicen las madres es verdad. Escúchame: Sigue alimentándote de besos, crecerás más rápido y mejor. Ensaya con ellos pero elije siempre a los mejores. Eso sí, no dejes que te muerdan. Tampoco digas “te quiero” ni “para siempre”. Piensa en otra cosa cuando te lo digan a ti.

Cuando regresó al verano siguiente casi nadie pudo reconocerlo. Tenía el pelo largo y se había desarrollado por completo. Le había cambiado también el timbre de voz. Estaba realmente hermoso con esa camiseta blanca de algodón con tirantas que dejaba adivinar el despertar de su primavera corporal. Caminaba de manera diferente y aunque nos saludó con afecto pudimos darnos cuenta que su mirada también había cambiado. Nosotros seguíamos siendo niños y ahora a él le apetecía coquetear con las chicas de su edad. Derpertaba verdadera admiración en ellas cuando le veían caminar por la arena o zambullirse en el agua. Yo también había dado un buen estirón y me estaba convirtiendo en un pre-adolescente armónico y voluptuoso. Me había nutrido del mismo alimento que Alban pero él no sabía que yo había caído ya en las garras de J.V. (por miedo y porque es español, sólo me atrevo a poner sus iniciales)

Una tarde Alban tropezó conmigo frente a un puesto de dulces ambulante. Me vio mirando los pasteles hechos de maíz reventado en leche de coco y azucarados con melaza y envueltos en hojas de plátano. El hombre me ofrece uno. Yo lo cojo. Alban sabe que eso está prohibido para los europeos, por higiene. Me mira con atención. Pero yo lo devoro. No digo gracias. Él mira devorar el pastel. Mira mis labios.

.- ¿Quieres otro más? dice el hombre.

Alban ve que me rio. Digo que no, que no quiero otro. Se da cuenta de que no he dejado de besar durante todo el año que ha estado lejos de mí.

.- Has crecido bastante. ¿Te han mordido mucho?

.- No, sólo a veces.

.- ¿Te han dicho ya que eres guapo?

.- No, todavía no me lo han dicho.

.-¿Te gusta que te lo digan?

.- no sé.

.- Y que te deseaban… ¿Te lo ha dicho alguien?… no es posible que no, te lo han dicho.

.- Sí… unos gamberros.. pero no era nada, se burlaban. Mestizos sobre todo. Nunca franceses.

.- ¿Y con J.V?

.- Él no me desea tampoco, sólo me usa para practicar lo que luego tiene que hacer con las chicas, de verdad…

.- Es imposible ¿Cómo haces para no mentir, Javi?

.- Me callo y no digo nada.

Se rió, luego dijo:

.- A mí también me da miedo la mentira. No puedo evitarlo, como la muerte, un poco lo mismo. Mi padre no estaba en Canadá ¿sabes? Las madres que dicen que saben todo, no saben nada.

No volvió a dirigirme la palabra. Pero en cierto modo siguió unido a mí por un extraño vínculo: sus amigas incluida su hermana comenzaron a salir con los chicos que previamente habían aprendido a besar conmigo, con quienes llevaban nuestro mensaje en los labios. Nuestro secreto.

Odio ir de compras y menos aún probarme ropa. Lo detesto. Sólo hago una excepción con los pantalones y zapatos porque no hay manera fiable de acertar con la talla. Esta tarde me han acompañado a comprarme unos vaqueros. Cuando me disponía a pasar por caja escuché:

.- No seas imbécil. Tienes que probártelos y estar seguro de que te gustan y te quedan bien. Van a pasar mucho tiempo contigo. Y son unos buenos vaqueros…..

Fui al probador y mientras me desnudaba para enfundármelos me he acordado de Alban. ¿Qué habrá sido de él? Seguramente estará en Canadá y tendrá un probador de besos. Parecido a éste donde estoy intentando gustarme y ajustando mis formas. Pero el probador de Alban sería un probador de besos donde irían las parejas a estar seguros antes de iniciarse ni entregar nada el uno al otro. Me pareció oírle decir con su encantador acento: Por favor, sobre todo no digan ” te quiero” ni tampoco “para siempre” limítense a besarse… muestren lo que saben. Saboréense el tiempo que necesiten. No hay límite de horas…

Me he mirado y sonriente he besado a Alban en el espejo con un cálido y apasionado beso. Me ha excitado recordarle y los vaqueros adquirieron justo la forma que yo deseaba.

.- ¿Qué tal?

.- Perfectos. Me gusta como me quedan. Me los llevo puestos.