EL HERMANO CLAUDIO (2)

CUANDO SE ENCIENDEN LAS VELAS…

“Al Moi” (así llaman en mi barrio al alpha con el que estuve hace 2 años) le excitaba muchísimo que le hablase de los episodios de maltrato y abusos sexuales que recibí en el colegio de Los maristas. En el post anterior relaté cómo fue el inicio de mi encuentro con el hermano Claudio a mis doce años. Ya sé que “mis confesiones” no siguen un orden cronólogico en relación a mis experiencias con los machos dominantes (algunos realmente sádicos) que me han convertido en el esclavo sumiso que soy en la actualidad. Mientras escribo doy rienda suelta a lo que he vivido de manera espontánea y aleatoria tal y como lo hago con mi psiquiatra y la psicóloga clínica cuando acudo regularmente a sus consultas.

El hermano Claudio tras aquel episodio en la sala de deportes, se las ingenió para encontrar el lugar apropiado para nuestras citas: la sacristía. Estaba situada detrás de la capilla del colegio y se accedía a ella por un pasillo angosto y resguardado de miradas y visitas imprevistas. Con la excusa de adoctrinarme en la liturgia como ayudante en los oficios de misa, cerraba la puerta con llave para que nadie nos importunase. Con él empecé a experimentar lo que un esclavo puede llegar a sentir cuando se encienden las velas… de hecho, tras varios ensayos, encontró unas de parafina que me producían dolor pero sin llegar a quemar del todo mi delicada piel infantil. En la pequeña habitación donde se guardaban los hábitos y objetos litúrgicos había un sillón de cuero con un reclinatorio, y justo encima, la figura del fundador de la orden (Marcelino Champagnat) iluminado tenuamente por dos tulipas. El ritual comenzaba con pequeños juegos, cosquillas, cachetes y caricias para romper el hielo; a continuación se sentaba en el sillón, me obligaba a arrodillarme a sus pies y a extender mis manitas juntas a modo de ofrenda. Con la mano que sostenía la vela iba vertiendo poco a poco pequeños goterones de cera en mis palmas, y con la otra mano me tapaba la boca para nadie nos oyese. La parafina al cuajar, formaba una costra que lejos de enfriarse, aumentaba de temperatura proporcionándome un dolor punzante e insoportable. Apoyando mi cabeza en sus rodillas le rogaba que parase, que me perdonase… pero mis súplicas y lágrimas no hacían más que aumentase considerablemente aquel bulto bajo la sotana. Aún no le había visto desnudo ni tampoco me había enseñado su polla, eso ocurriría más adelante cuando ganó mi total confianza y supo que podía abusar de mí como y cuando quisiera. Hasta entonces se limitaba a manosearme todo el cuerpo, a refregarse contra mí, y a hundirme entre sus piernas en el hueco de la sotana. Yo percibía claramente el grosor y dureza de su verga bajo la tela.. me moría de ganas por ver el tamaño que tendría la polla de un chico de su edad.

Cuando ya había vertido suficiente cera caliente en mis manitas, las introducía bajo la sotana y eyaculaba sobre ellas. El fluido lechoso al enfriarse refrescaba y calmaba el dolor de las quemaduras.

Estos episodios que viví con el hermano Claudio al Moi le provocaban una brutal erección.

– Ya desde pequeño te gustaba ser una putita. Has nacido para hacer disfrutar a los tíos, para servir a los machos que disfrutamos dominando y esclavizando a los maricones sumisos como tú. 

Pero Moi iba mucho más lejos. Separando con sus manos a modo de fórceps las dos mitades de mi culo, localizaba el estrecho y pequeño orificio de mi ojete. Su intención era quemar mis tripas con el líquido ardiente de la vela como anticipo de su propio esperma.

 

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7 comentarios en “EL HERMANO CLAUDIO (2)

    1. Sí, Christian…queda aún mucha tela que cortar del hábito de este sujeto, pero no me motiva mucho centrarme en un determinado personaje y contar todos los episodios “del tirón”. A ver si empiezo a utilizar hashtags y enlaces para ordenarlos.

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  1. ¡Madre mía!…bueno, te diré que yo, gracias a mi afortunada condición de “versatil”, sí que creo que puede ser seductor ese juego de dominación-sumisión que implica ponerse en manos de un macho alfa como lo defines tú, y si encima el macho en cuestión tiene un hábito religioso ( ¿quien no ha tenido nunca la fantasía de cepillarse a un cura con la sotana puesta?……ah,¿que solo la he tenido yo? ) pues todo -siempre sacado del contexto de tu relato y tu situación personal de entonces- me da un morbo tremendo…vamos, que estoy deseando que se quite la sotana de una vez, jaja. Luego tu realidad siempre supera mis fantasías, jeje, y hay un buen número de límites que tú traspasabas o te forzaban a traspasar y que yo creo que no estaría dispuesto a cruzar…¡ni a obligar a nadie a cruzar, por supuesto!
    Abrazos y buen día.

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    1. Muy interesante todo lo que expones en tu comentario, un-angel… te aseguro que muchos “santos” humana y gustosamente no pierden ocasión de despojarse de sus hábitos sacros. A esa edad (doce años) y muy desafortunadamente ya había sufrido anteriormente otro tipo de abusos, vamos, que traía varios tiros en las alas. Yo no estoy sujeto a ninguna religión (por suerte me la arrancaron de cuajo) ni me escudo bajo ningún tipo de moral establecida… por eso – como tú bien dices – traspasé “voluntariamente” (mi cabecita aún no era libre para discernir) todos los límites a mi alcance. Se equivocan o prefieren mirar para otro lado, los que piensan que los niños viven en el limbo o son son seres completamente asexuados. De muy poco sirve una estricta vigilancia si no se les proporcionan armas y medios para “discernir” y escapar a tiempo del verdugo. Estoy de acuerdo contigo, es terrible forzar ni obligar a nadie a algo en contra de su voluntad porque la palabra clave es “el consentimiento”. A mí me encanta el puenting y disfruto de él con mi arnés y equipo completo, pero otra cosa bien distinta es arrojar a alguien sin cuerdas al vacío.
      Un abrazo.

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  2. Hola, Lucky… desgraciadamente, estas costumbres ‘non sanctas’ son y han sido más frecuentes de lo desearíamos. Siempre trato de ser ecuánime y no generalizar, pero de nada sirve negar los hechos. Siempre digo que no hay peor juez que uno mismo, por eso sé muy bien de lo que hablo. Aprovecho para decirte que me encantan tus vivencias con Luciano 😉 al igual que el refrán sobre el zorro que no conocía…
    Un abrazo.

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  3. Madre mía, tu blog es un tratado de bestialidades una detrás de otra. Esto en un periódico iría en la sección de sucesos o tribunales, pero de la forma en que lo cuentas, tiene un toque morboso que excita bastante. Excitación que por otro lado, me incomoda debido al hecho en sí. Un lío, vamos.

    Por cierto, que yo también fui a colegio de curas pero en el mío no pasaba nada de nada. Que ya no sé si es una bendición o no, visto lo visto…

    Saludos.

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    1. Hombre, aunque por desgracia sucede con más frecuencia de lo que pensamos, sería injusto generalizar y meter a todos los profes en el mismo saco.
      No creas, eh? a mí me ha costando mucho mucho mucho verbalizar todos estos episodios en terapia hasta tomar distancia y analizarlos en detalle. Yo también estoy deseando contarlos del tirón y pasar a la edad adulta, pero es que si no hago referencia a ellos no se entendería el por qué soy el esclavo que soy. A menudo me dicen que con el tiempo la vida me pasará factura y pagaré un precio… y no es así, yo ya tuve que pagar un precio. Es más, no sé recibir afecto ni placer sin pagar un “precio”.

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