CONFESIÓN 6

Quisiera insistir en lo que ya dejé claro en otro post: todo lo que aquí narro no es producto de mi imaginación ni tampoco un mero desahogo de mis fantasías sexuales en relación al tema de la sumisión al macho alpha. Obviamente, al relatar los diferentes episodios que he vivido – no tengo pretensiones literarias ni oficio de escritor –  intento prestar un mínimo de atención a la gramática y sintaxis, pero son vivencias “reales” que empecé a tener a mis doce años, primero con mi hermano, y luego con un compañero suyo, ambos cuatro años mayores que yo. Yo no decidí convertirme en el esclavo sumiso que soy ahora por puro capricho ni obviamente  tampoco era dueño de mi destino, sino que fueron otros episodios que sufrí cuando era aún más niño los que determinaron y marcaron mi vida para siempre. No voy a adentrarme ni a profundizar en aspectos psicológicos ( he pasado por varias terapias y continúo aún asistiendo a la consulta de mi psiquiatra y psicóloga) sobre este tema porque no es el objetivo de este blog. Escribo lo que siento porque de este modo disminuyo mi fiebre de sentir, así sin más.

 No es nada fácil describir lo que un esclavo beta como yo es capaz de sentir por su macho alpha, ni expresar esa veneración absoluta que llega a anular mi mente y voluntad por completo. En manos de mi alpha me convierto en una especie de interruptor eléctrico: me enciendo a golpes. Él hace que obtenga placer como quien pulsa la luz de una bombilla: me azota para que me lance, para que me detenga, para que vaya más rápido, más suave, más lento, más prieto…

No, no es fácil describir la mirada de súplica que un esclavo le dedica a su macho convirtiéndole en el hombre más poderoso y dominante de la tierra. A los ojos del subordinado, su amo es el hombre más hermoso que pueda existir, el dios supremo al que entrega su vida. Ante su presencia y a cuatro patas, mis manos sólo sirven para sostenerme o caminar como un perro ante mi dueño. Sin piedad, como un buen semental que cubre y preña a su hembra, siento como me empala hasta lo más profundo mientras oigo como golpetean sus huevos en mi agujero. Al principio, el dolor es inmenso e insoportable mientras me invade, me revienta, me anula, hasta rendirme por entero a sus feroces embestidas. Oigo como mi dios crece en autoridad y dominio, escucho su respiración amplia y poderosa más propia de un animal que de un humano dando rienda suelta a su masculinidad. Los azotes que recibo en la cabeza y nalgas me calientan y relajan, hacen que arquee la espalda y le ofrezca mi culo como el más hermoso sacrificio de amor que una perra pueda entregar a su amo. Siento el gotear de su saliva desde lo alto y resbalar por el canal de mis nalgas hasta llegar a mi ardiente agujero para refresca y lubricarlo.. él sigue azotándome y clavándome los dedos como si fueran mordiscos sobre la superficie temblorosa de mi trasero húmedo y receptivo. Noto su grueso capullo abriéndose paso, y partiéndome en dos hasta invadir esa zona interna de mis entrañas (la próstata) provocándome un placer tan intenso y cercano al orgasmo que hace que derrame líquido preseminal continuamente. Soy esa puta que chorrea de gusto ante su amo. Se lo digo, se lo hago saber, dolor y placer se unen sin poder distinguir donde empieza uno y acaba o.tro. Él se excita oyéndome gemir

Entonces, cuando mi macho alpha está a punto de correrse y cercano al grado máximo de excitación, se tiende sobre mi espalda, me embiste con más fuerza y mayor ritmo, pellizca duramente mis pezones al tiempo que me clava los dientes en el cuello. Sus embestidas ahora son salvajes y brutales, necesito gritar, pero él me tapa la boca hasta llevarme casi a la asfixia… disfruta con los estertores de mi agonía, observando mi cara roja por la falta de aire y a punto de perder el conocimiento. Ahora, su posesión es total, mi entrega máxima. 

He aprendido a dilatar y contraer el esfínter como hago con mi boca al chuparle la polla exactamente igual que succionan los músculos vaginales de una buena zorra. Muevo las caderas, me arqueo, me retuerzo, hago vibrar rítmicamente los dos hemisferios de mis nalgas.. escucho la respiración agitada de mi macho en mi cuello, me tiene estrangulado con uno de sus brazos, ¡Sé que va a correrse! y entonces abro aun más los muslos, me dilato todo lo que puedo hasta recibir ese surtidor de leche caliente que invade mis adentros. Mi orgasmo comienza primero en el interior sintiendo plenamente su semen cuando se vacía en mí, y luego, con sólo moverme un poco comienzo a correrme sin necesidad de tocarme ni pajearme, sólo dando rienda suelta a toda la tensión acumulada y por el goce enorme que me provoca su lechada.

 Continúa por unos segundos tendido sobre mi espalda recuperando el aliento con la polla aún dentro de mí.. Luego se retira y me abre por completo las nalgas. Mi agujero está ardiendo y dilatado. Me hace arquear la espalda para separar las dos mitades de mi culo para ver como un reguero de su esperma brota de mi agujero y se desliza hacia mis testículos. A él le gusta verme así, con mis entrañas inundadas de su leche… con la punta

de su polla aún en erección recoge los restos de su espema y los introduce de nuevo en mi agujero.

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