CONFESIÓN 2

 

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Era evidente que disfrutaba exhibiéndose ante sus colegas mientras me follaba la boca. Algunos de ellos se pajeaban mirando como mi macho me esclavizaba y se adueñaba poco a poco de mi voluntad y de mi vida. Sólo tenía doce años y ya comprendí por aquel entonces que ése iba a ser mi destino: servir y adorar por completo a un macho dominante.

– Voy a correrme y quiero que te lo tragues todo. Como lo escupas te mato.

Noté su esperma caliente derramarse sobre mi lengua .. estaba muerto de miedo y excitación. Le oí gemir y sacudir caderas y muslos hasta vaciarse por completo en mi garganta.

– Hoy has probado mi leche y he querido que mis amigos sean testigos de que a partir de este momento me perteneces. Eres sólo mío, sólo yo puedo hacer contigo lo que me salga de los huevos. Eres un puto maricón, un ser inferior a todos nosotros. Si cuentas algo a tus padres o a los profesores sabes que lo pagarás muy caro. Te lo repito: sólo me la chuparás a mí que soy a tu macho. Si me entero o te descubro con otro tío, te mato.

 

Después de humillarme ante sus colegas me obligó a pajearles hasta que se corriesen en mi mano. Como líder del grupo me hizo arrodillarme a sus pies y oler su paquete con la cremallera abierta; apretó mi cabeza contra su entrepierna hasta dejarme sin respiración. Luego se sacó la polla para refregármela por la cara y tras abofetearme dos o tres veces, me dijo: “Abre bien la boca, maricón. Sé que lo estás deseando”. Era la primera vez que le hacía una mamada a un chico y quise sujetársela con la mano pero él no me dejó. Quería follarme la boca para que sus amigos viesenn claramente como arqueaba su cuerpo y me la metía hasta la garganta. Pronto me entraron arcadas y la saliva se desbordó por las comisuras de mis labios, estaba al límite de la asfixia.

– Ya aprenderás a abrir tu puta garganta para mí. Yo me encargaré de que aprendas.

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 Comencé a gemir cuando me pellizcó los pezones. Tras abofetearme colocó su índice sobre mis labios empleando el gesto amenazante de guardar silencio. Shhhhhhh …esa boquita cerrada! ¿vale?  Me quitó la camiseta y a continuación empezó primero a chuparlos y luego a mordisquerlos. Sentí una mezcla de placer y dolor, un no saber donde terminaba la barrera del dolor y empezaba la del placer o viceversa. Me sonrió y me estremecí al ver ese gesto amable por su parte. Hizo lo mismo con mis labios, primero los besó, los mordisqueó y después introdujo su lengua forzando mi mandíbula con el puño para abrirme la boca y escupir dentro.

– Bájate los pantalones, quiero verte.

En esos momentos mi mente se debatía en una vorágine producida por el miedo, la vergüenza, y el temor a lo desconocido. Un niño muy inseguro ante él, un macho cuatro años mayor que yo ante el que que poco a poco iba sucumbiendo y venerando con más intensidad y entrega.

 

– ¡No tienes un puto pelo en las piernas ni en esa pollita ni tampoco en el culito, maricón! ¿ves como eres como una nenaza y un ser inferior a un tío? Díme: ¿Te sientes inferior a mí?

– Sí

– Vale, así me gusta. Ahora pajéate para que yo te vea.

 

Comencé a hacerlo pero con la vista baja. ¡Mírame! – me gritó. No me costó mucho entrar en erección porque de algún modo aquella situación de miedo y terror me excitaba. Se agachó en cuclillas ante mí y ensalivando dos dedos de su mano derecha acarció mi agujerito. Me gustó. Pero luego cuando intentó introducirlos en mi culito no lo consiguió. Escupió entre mis piernas y siguió ejerciendo presión pero el dolor era insoportable. Me afofeteó de nuevo.

 

– Te lo vuelvo a repetir y será la última vez que lo haga: Tú a callar y a obedecer siempre ¿de acuerdo? ya sé que duele, pero eres mío puto maricón. Cuando estés en tu casa, ve acostumbrándote a meterte por el ojete los mangos de madera de las herramientas, una fruta, o lo que sea… porque la próxima vez que se me antoje te voy a follar a tope. Luego no digas que no te he avisado.

 

El miedo a sus amenazas y sobre todo penetrante su mirada me condujo a una especie de orgasmo más parecida a mearse de miedo que a otra cosa. Como dije antes, a mis doce años aún no me había desarrollado del todo, y mi corrida fue transparente, sin líquido seminal aún. Él lo notó y se burló de ello.

 

– ¿Te das cuenta como no eres un chico normal? aunque eres aún muy niño te corres como una tía… Ahora mira como lo hago yo y aprende a adorar a un macho dominante.

 

Se acercó a mi cara y empezó a pajearse. Le oí gemir de placer, olía su polla muy cerca, tan poderosa y dura que me hubiese gustado cogerla entre mis manos y besarla , necesitaba decirle a él que le amaba, le necesitaba, y adoraba como a un ídolo.. El agujero de su capullo se abría y cerraba enfundado en la piel del prepucio deslizándose de abajo a arriba. Esa visión me produjo una excitación enorme. Me obligó a chupársela durante unos minutos, y cuando estuvo a punto de correrse la sacó de golpe para que viese como brotaba la leche de su polla para acabar derramándose por toda mi cara. Aún sin acabar del todo, me la introdujo de nuevo en la boca y sentí los últimos estertores de semen deslizarse por mi garganta. Cuando terminó de vaciarse, recogió los restos de lefa con el índice de su mano y lentamente los fue introduciendo en mi boca para que los saborease.

 

– Al final, te has portado bien putita, has hecho disfrutar a tu macho. ¿Ves como no es tan difícil? los tíos como yo necesitamos constantemente sentirnos dominantes, seguros, y poderosos. Y tú tienes todo lo que yo necesito.

 

Luego me echó el brazo por el hombro y me besó en la cabeza a modo de hermano protector. Ese gesto suyo de ternura me hizo llorar sin poderme contener. Le pedí perdón, le supliqué que me perdonase por llorar.

 

– No pasa nada pequeño. Venga, vamos… tampoco creas que soy un monstruo.

 

 

 

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CONFESIÓN 1

Cuando he llegado a casa tenía el labio sangrando. Te pido perdón por si no he sido lo suficientemente obediente. He llorado de alegría cuando al final me sonreíste y acariciaste la cabeza. Mis padres y hermano empiezan a hacerme preguntas por las heridas aunque siempre les digo que es por por el deporte. Tengo tu olor impregnado por todo mi cuerpo.

 

Hice todo lo posible por integrarme en el grupo, alimentarme de su masculinidad, imitarles, pero fue en vano. Preferían tratarme como a su cachorrillo, ese niño a quien toquetear, maltratar, y golpear para que de este modo se estableciese entre ellos y yo una jerarquía, un contacto más íntimo y sexual. No tuve otra elección.

  No pasó mucho tiempo en aparecer el líder de una pandilla que pertenecía a otro colegio para que aumentasen los golpes, bofetadas, e insultos hacia mí. Me causaba verdadero terror cuando le veía aproximarse pero al mismo tiempo, me sentía fascinado por su masculinidad y descaro, por esa chulería que caracteriza a los matones de barrio . Tras varios encontronazos, fue inevitable que nos retásemos en una pelea tras la cual después de vencerme fácilmente, acabó pisándome la cabeza y escupiendo sobre mi cara magullada. 

– Esto es lo que te mereces, maricón. 

Volví a casa llorando y malherido, pero curiosamente en lugar de odiarle por los golpes  y la humillación ante mis compañeros… hubo algo que me excitó enormemente: sentí la necesidad de masturbarme pensando en su cara enfurecida, el roce de su cuerpo duro y  fibrado, en su olor, en su saliva… y gocé recordando la escena.

 

 

EL INICIO

Yo tenía tan sólo doce años y él, – mi verdugo – dieciséis. Hacía todo por esquivarlo y huir cuando le veía a cierta distancia rodeado de sus colegas. Un día, me esperó a la salida de clase y no pude escapar a tiempo a pesar de que siempre estaba en alerta; torciéndome el brazo me condujo a un recodo apartado de la calle. Agarró mi cara apretando el puño y tras acercarse lo suficiente como para ver sus ojos enfurecidos y sentir su aliento, me dijo: “como vuelvas a escapar de mí, te reviento a patadas. Desde hoy me perteneces y eres sólo mío. Si te portas bien y me obedeces, te protegeré.”

 

Él era, sin duda, el jefe de su pandilla, el chulo que ganaba todas las peleas y al que todos respetaban. Al igual que la mayoría de sus colegas, él también tenía “su chica” a la que trataba y protegía con cariño y afecto. En cambio, yo debía estar siempre a su sombra y comportarme de modo discreto y sumiso para no provocar su ira y violencia. Pronto empezó a pedirme favores y conseguirle dinero para sus cigarrillos, bebidas, y caprichos. Todo lo que me daban mis padres para mis gastos diarios se lo daba a él. Estaba obligado a obedecerle ciegamente. No era capaz de mirarle a los ojos sin ponerme a a temblar.

– “No eres chico ni chica, eres un ser inferior a mí y a todos los que hemos nacido verdaderos machos. Si de ahora en adelante quieres sobrevivir tendrás que someterte por completo a mi voluntad”. Una noche en un rincón apartado del parque, me obligó a que todos sus colegas ensayasen conmigo como se debe besar en la boca a una chica, y también a manosear las tetillas pellizcando los pezones. 

– “Compórtate como una de ellas, puto maricón” .

Cuando llegó su turno me agarró por el cuello y me abofeteó delante de todos sus amigos. Luego, apretando mi mandíbula con su puño me dijo: “ Abre la boquita y relaja los labios”. Del dolor pasé al placer cuando sentí su boca abarcando mis labios y su lengua entrando húmeda y caliente… cerré los ojos porque era incapaz de sostener su mirada.

– Disfrutas con esto ¿verdad maricona? ya te iré enseñando cosas para tener contento a tu macho. ¿Quién besa mejor de todos éstos? le dije que él. Después, me abrió la boca para escupir dentro y me arrojó al suelo de un empujón.

 

Cuando llegué a mi casa fuí directamente a mi habitación y cerré la puerta. Me arrojé sobre la cama y enterré la cara en la almohada para que nadie pudiese escuchar mi llanto entrecortado y angustiado. Me dolía la garganta y aún notaba el sabor de su semen en mi boca. Me costaba tranquilizarme, no cesaba de temblar incapaz derespirar con normalidad. Estaba asustado por la experiencia que acaba de tener y por el miedo a que mi familia se diese cuenta de mi nerviosismo y empezasen a preguntarme qué me pasaba.

Fui al baño para comprobar que no hubiese nada en mi aspecto que levantase sospechas. Tenía los labios doloridos y un poco irritados por la fuerte mamada a la que me sometió J. V. y los pómulos enrojecidos por las bofetadas que me propinó.

– Dúchate antes de cenar. Le escuché decir a mi madre.

Recordé que J.V. me dijo al despedirnos: “Cuando llegues a casa no te laves ni te duches. Quiero que te metas en la cama oliendo a mi con la mezcla de tu saliva y mi leche que se ha derramado sobre tu cuello y camiseta. Quiero que te acostumbres a mí y me huelas como un perro fiel.” 

Abrí el grifo de la ducha y dejé correr el agua. Me pasé un dedo húmedo por mi cuello y saboreé el rastro poderoso de mi amo.